

9:45/TALLERES FERROVIARIOS GAMBIER/LOS HORNOS PARTIDO DE LA PLATA
La ciudad de La Plata está rodeada por una única avenida casi circular, suerte de frontera.
Los Hornos, en cambio, es parte de los márgenes. Nace en la misma avenida infinita, pero del lado de afuera. Cruzando ese límite, cuando la Circunvalación en su única curva interminable cruza con la 60, a la altura de un proletariado que ya casi no existe, debajo de un cartel brillante que dice “Bienvenidos”, a un costado de una estación de servicio Shell, al otro de una pescadería y mucho más allá del sueño de la Argentina para todos.
Los talleres ferroviarios Gambier comienzan apenas cinco cuadras más adentro, en donde las avenidas ceden lugar a las calles, las cortadas, los baldíos y los cables de luz que sostienen zapatillas colgando de sus cordones.
-Estoy buscando el significado de la palabra trabajo le digo a Alberto
-Bueno viniste a un buen lugar. Acá alguna vez hubo mucho trabajo.
¿Y ahora?
-Ahora quedan los fierros viejos de los trenes y un montón de galpones vacíos. Hace un silencio. -Bueno, también estamos nosotros. Están las chicas del Ellas Hacen… Me mira y se ríe y yo le correspondo. Tal vez porque los dos pensamos que sonó a poco en comparación con todo lo que parece haber sido el paisaje que nos rodea. O por buscar un lugar para la esperanza a pesar de todas las evidencias. O por un sobre entendido que, en realidad, no entendimos. O, tal de vez, porque es mejor reírse.
Los talleres ferroviarios Gambier se extienden como la Pampa, según la mirada de Sarmiento, sin final y, en apariencia, casi como un desperdicio de terreno. Hay varios galpones, una grúa gigantesca, dos trenes viejos en reparación o reposo indefinido, una garita de la policía y una barrera que sube y baja un par de veces por día.
En este desierto, sin embargo hay gente. Hay un rincón en el que tienen sus oficinas algunas de las empresas privadas que reparan los trenes. Otro en el que funciona una cooperativa de recicladores y un tercero en el que funciona una dependencia del Ministerio de Desarrollo Social, en donde Alberto TRABAJA junto a otros compañeros realizando tareas administrativas y otras tareas derivadas de funcionamiento del programa y también están Ellas, “las chicas” de las que hablaba Alberto.
Ellas Hacen, me cuenta, es un programa del Ministerio de Desarrollo social que nació pensado para dar un ingreso y alguna contención a las mujeres víctimas de violencia de género en condiciones de pobreza y en sus orígenes incluía, como requisitos, completar la educación formal y capacitarse en un oficio, en general, relacionado con la construcción.
-¿Cuándo terminaba este proceso? ¿Cómo? Pregunto, pero no me hago ilusiones, porque percibo que el ciclo vuelve a empezar.Sin embargo, me dicen, no vuelve al mismo punto de partida.
-Para muchas de Ellas, me dice Alberto, el encuentro con otras compañeras y ver de lo que eran capaces hacía una gran diferencia. Ellas también podían levantar una pared. No necesitaban a los hombres.
Ahora eso cambió y vienen sólo a dar el presente, pero de construir nada. Lo que sí se mantiene es la obligación de estudiar.
-Que es para vos el trabajo? Le pregunto a Alberto después de contarme que es también apicultor, soldador y carpintero por gusto, para su casa y en su escaso tiempo libre.
-Es todo lo que hablamos hoy, me dice, algunas tareas son las que me dan más satisfacción y la otra es la que me permite mantener a mi familia.
Del otro lado del mostrador del Estado, pero también siendo parte de él, las chicas del Ellas Hacen forman una fila muy larga para dar el presente y cumplir con uno de los requisitos del Programa: Estar.
Algunas de las que ya lo dieron se van sentando alrededor de una mesa a tomar unos mates y comer bizcochos. Otras salen a tomar mate afuera o a caminar y tomar sol.
-¿Qué es el trabajo para ustedes? Les pregunto a tres de Ellas.
Ana, que trabaja limpiado un convento me dice que es lo más importante para ella porque así se siente bien.
Sonia ayuda en un comedor comunitario, encargándose de la leche para los más chicos, pero no recibe ningún sueldo por esa tarea. Lo hace porque lo siente, dice, pero me aclara que no milita en ningún movimiento de desocupados y poco después saca el repertorio de definiciones siempre listas ante la llegada de un pesado y afirma:
-Trabajo es lo que uno gana diariamente para llevar a la casa.
-Acá también trabajábamos antes.- le responde Mabel, con ganas de polemizar y para romper las respuestas previsibles. Mabel es portera durante algunas horas en un instituto de educación privado y también, de tanto en tanto, trabaja algunas horas limpiando la casa de una familia de la zona, pero a Ella le gustaba más lo que hacía antes en el programa.
-Ahora no hacemos nada. No tenemos ni herramientas y nosotras queremos hacer algo productivo. No venir a sentarnos y mirarnos las caras.
Ana asiente, le da la razón y me convida un mate muy dulce.
-Yo en mi casa hice todo el revoque fino con lo que aprendimos acá. Pero es difícil que te contraten de albañil. ¿Quién te va a contratar siendo mujer?
Sonia que escuchaba a sus amigas en silencio también ahora siente la necesidad de decir lo suyo:
-¿Además quién te va a tomar después de los cuarenta años?
Las tres se ríen a la vez, pero siguen indignadas.
-Además el gobierno quiere subir la edad jubilatoria, pero no da trabajo- dice una- ¿Cómo quieren que hagamos?
Después, casi como algo natural, una cuenta que en su barrio, Villa Elvira cinco chicos se ahorcaron el año pasado por no tener TRABAJO. Una de las otras dos le dice que en el suyo también pero que en el suyo fueron tres.
Las Ellas, igual que Alberto tienen varias ideas sobre cómo podrían mejorar su desempeño y resultados en la tarea que los une, pero también sienten incertidumbre respecto a la continuidad de esa tarea diaria que llaman TRABAJO y que precede a ese sagrado momento en el que se paran frente a un cajero automático y retiran algo de plata para que todo vuelva a comenzar y todo siga, siga, según la idea de justicia del ex árbitro Pancho Lamolina.
-¡Pero fue Penal!
-No fue nada. Siga, siga.
-¡Pero nos quieren echar a todos! ¡Nos dicen ñoquis y son ellos los que no nos dan trabajo! ¡Nos aprietan! ¡Nos quieren hacer explotar comiendo bizcochitos! ¡No vio lo que hizo aquel otro!
-No fue nada, siga, siga.
El turno de las chicas de la mañana se termina y mientras se van, comienzan a llegar las del mediodía para comenzar, como todos los días, con la santa rutina: dar el presente, charlar, comer bizcochitos, enojarse, reírse, sacarle el cuero a la que no vino, esperanzarse, acostumbrarse, dar el presente, charlar, comer bizcochitos, enojarse, reírse, sacarle el cuero a la que no vino, esperanzarse, acostumbrarse, dar el presente.
Afuera, en el resto de ese inmenso desierto bautizado como Talleres Ferroviarios Gambier, la grúa gigante y los vagones oxidados siguen en el mismo lugar, como esperando el clic de una foto que nunca se dispara, a casi cinco cuadras de esa curva interminable cuando se cruza con la 60, a la altura de un proletariado que ya casi no existe, debajo de un cartel brillante que dice Bienvenidos, a un costado de una estación de servicio Shell, al otro de una pescadería y mucho más allá del sueño de la Argentina para todos.