Virrey del Pino nunca es noticia. Pero esta vez sí.
Una tarjeta SUBE vacía. Una discusión sobre el colectivo. El desenlace increíble.
Por lo menos así la cuentan. Nada más. Sólo eso. ¿Pero quién sabe?
Telenoche sale a cubrir la noticia.
La periodista, rubia, descarnada, camina despacio como si pisara huevos por una calle de Virrey del Pino. Avanza seria, más concentrada que Malinowski en sus primeros acercamientos a los indígenas de Nueva Guinea. Sobreactúa consternación o tal vez está de verdad atemorizada por la posibilidad de morir tan lejos de casa, acuchillada por la espalda.
La calle en cuestión divide, en apariencia, a los pobres buenos de los irrecuperables. De un lado, el barrio consolidado y sus laburantes con trabajo formal, con changas o ni eso. Del otro, el asentamiento y sus laburantes con trabajo formal, con changas o ni eso.
El entrevistado del barrio sentado en la puerta de su casa, con el micrófono de la rubia frente a su boca señala hacia un horizonte cercano y dice: “vienen de allá. No los conocemos. Es toda gente nueva que no sabemos en qué andan”.
No hay más misterio ni revelación. El informe termina ahí.
En el piso del noticiero y en la vida real, que en algún lugar debe quedar, se agolpan hechos, dichos, testigos, suposiciones, opiniones y condenas, un chofer muerto, la cara de dos pibes multiplicándose por el Facebook como los asesinos implacables y un nuevo debate nacional, o algo parecido a eso, a las puertas de crecer hasta donde el rating diga.
Otra vez la lupa sobre los marginales entre los marginales.
¿El ovillo de la violencia tendrá su punta? ¿Será la Educación, así, con mayúsculas, el centro del asunto, esperando que alguien tire de ella? ¿Cómo enseñamos que matar y morir cuesta tan poco?
Pasaron siete días desde que mataron al chofer del colectivo acá mismo, en Virrey del Pino, o los kilómetros, como le dicen los matanceros a los confines del oeste hormigonado, y sobresale una pregunta entre tantas otras: ¿Se podrá sacar algo en limpio entre tanta roña?
En el kilómetro cuarenta y cuatro y medio de la ruta 3 y después de seis kilómetros hacia el oeste, no demasiado lejos de donde mataron al chofer de colectivo, el paisaje conurbano es ya un recuerdo casi lejano y el que manda es el campo, tan plano y verde que parece desbordar de commodities, pero en este caso las que desbordan el camino angosto son acelgas y lechugas, y en el medio de ellas, enorme, como una planta silvestre crecida en vicio o un espejismo de cemento desubicado, se impone un edificio tal vez desproporcionado entre las hortalizas: la escuela rural 135.
-¿Qué es la educación?
Cecilia, directora y maestra de esta escuela, hoy jubilada, frunce las cejas y mira a los ojos como si la respuesta necesaria no entrara en el edificio.
-¿Cuántas hojas tenés que llenar? Porque te puedo hablar tres días seguidos.
Cecilia se toma en serio las palabras, aún más las definiciones y ni que decir si el tema en cuestión es la educación.
-La Educación…uff
Cesanteada durante la Dictadura y castigada por la democracia naciente durante los primeros años ochenta, Cecilia terminó en la escuela que nadie quería agarrar y donde nadie podía llegar, que es esta en la que estamos pero cuando era aún mucho más chica y difícil de llegar, porque los últimos seis kilómetros desde la ruta eran de barro, sin mejorados de ningún tipo. Era todo un desafío agarrar semejante responsabilidad, pero Cecilia no dudó y fue para adelante.
Como directora y maestra tomó a su cargo una matrícula de treinta y nueve alumnos, junto a otros maestros con la misma voluntad y vocación que ella y comenzó a darle forma a su proyecto pedagógico, pero el camino recién empezaba.
Dice Cecilia: “Cuando llego y me encuentro con los 39 alumnos también me encuentro con una matrícula desviada del 75 por ciento. Ese era el porcentaje de chicos que tenían que estar en la escuela y no estaban. Eso lo fuimos trabajando con los padres y de esa forma constituimos lo que se llama una comunidad educativa”.
Esa comunidad logró que los chicos comiencen antes su escolaridad, en vez de ir a las cosechas llevados por sus padres y con el tiempo logró aún más, porque fueron ellos también quienes vieron la necesidad de que sus chicos continuaran sus estudios y siguieran el secundario.
-¿Cómo revertimos ese 75 por ciento desviado? -se dijo Cecilia y junto a las otras maestras del colegio se respondieron con grupos de solidaridad, de apoyo, de graduados, con distintos horarios y todas las ideas que parecían posibles, y si hacía falta, también iban a buscar a los chicos por las quintas.
El resultado del trabajo de Cecilia, de su esposo y de todo el plantel docente fue tan significativo en el territorio, que escapó a todos los cálculos de la burocracia educativa, y el plantel original de 39 alumnos que había heredado, después de algunos años, llegó a los 550, desbordando por mucho el pequeño edificio en el que daban clases, lo que dio lugar a nuevas demandas y a un nuevo capítulo en la definición larga que Cecilia necesitaba para responder que es la Educación.
Durante 1997 la escuela 135 participó activamente de las movilizaciones contra la Ley Federal de Educación y por sus propios reclamos sostenidos en la necesidad de hacer frente a la nueva realidad de una escuela que había crecido más allá de las aspiraciones de los funcionarios, pero mantenía el mismo presupuesto y edificio que albergó a los 39 iniciales.
Como era de esperar, lo que siguió fue una nueva sanción para Cecilia, esta vez en democracia, y la orden de que dejara la escuela y no volviera a pisarla nunca más.
¿Era el final? Podía serlo o a lo sumo, el comienzo de una resistencia individual, pero en los kilómetros el que siembra cosecha, y otra vez apareció esa comunidad a la que Cecilia y sus compañeros habían colaborado en darle forma.
-“Usted es nuestra directora, de acá no se va”- le dijeron los padres de sus alumnos con la tierra del trabajo todavía en sus uñas y Cecilia supo que era el momento de ir a fondo.
Así arrancó una toma que duró 42 días, con asambleas diarias, y con mucha solidaridad de referentes políticos y sociales de la zona. La escuelista de Quebracho la bautizaron en los diarios y noticieros de la zona. Y tan fuerte fue que la gobernación, con el fin de amedrentarlos, mandó patrulleros de civil, un camión con el grupo Halcón y hasta un helicóptero que aterrizó sobre las acelgas y arruinó toda la producción de una familia de agricultores. Sin embargo, a pesar de tanto apriete, nadie se movió.
-A mí me hicieron dos causas penales y un sumario administrativo recontra político y me quisieron ensuciar tanto que hasta Duhalde salió a hablar diciendo: “… y la señora manejó unos fondos…”. Porque siempre te quieren ensuciar por el dinero, pero nadie se la creyó, porque la causa era genuina.
Ganaron. A veces los buenos ganan, y lograron un edificio nuevo, la expropiación de tierras, cargos nuevos y una ruralidad acorde a la zona. No lograron, en cambio, torcerle el brazo a la Ley Federal, pero esa pelea también es cierto que los excedía.
“La Escuelita de Quebracho”, como quisieron estigmatizarla los medios, al día de hoy tiene una matrícula de 800 chicos y chicas, cuenta con nivel primario, secundario, un centro de adultos de terminalidad primaria y un centro agrario.
-¿Qué es la educación?
La respuesta sigue siendo larga y difícil pero en la escuelita 135 de Virrey del Pino muchos de los marginados entre los marginados pudieron acortar una brecha que sigue siendo inmensa. Otros no. Perejil o delincuente puede ser cuestión de suerte.
Cecilia se tiene que ir pero antes quiere dejar en claro algo: que no hay héroes individuales en esta historia, que ese es un cuento del neoliberalismo y que a ella no le interesa nada la meritocracia que predica el gobierno de Macri.
-Todo lo que hicimos fue por una cuestión política ideológica.
A la vuelta, otra vez en el universo urgente de las redes sociales, empiezan a circular otros motivos para explicar la muerte del chofer: se trata de dos perejiles, según la defensora oficial y varios colectiveros. Para ellos se trató otra vez de la mafia de la UTA y el negocio millonario de las cabinas para los choferes. También hay quienes afirman que se trata de una pulseada con la gobernadora para meter a la gendarmería en un territorio que el oficialismo no maneja.
Se dicen muchas cosas en las redes, a favor, en contra y más o menos, pero todavía más rápido se condena, tan rápido como apretar un botón virtual que dice: foto.
Entre tanto, la familia de Leandro sigue esperando justicia, así como la educación una definición tan política como le corresponde.