Más allá del Parque Lezama, justo donde hace ya mucho tiempo el deportivo inmigrante clavó las guampas y apenas antes del esqueleto de los puentes viejos y su docke, nace otra ciudad, casi invisible, arrinconada por la ciudad burguesa y el desierto contaminado. En ella las calles empiezan a subir y bajar como parches de hormigón superpuestos, sin rendir cuentas a nadie, las veredas suben como cerros abruptos que recuerdan el terror a la sudestada, mandan por momentos las chapas y maderas, y las puertas y ventanas, siempre entreabiertas, desafían la inseguridad que predican los medios de intoxicación nacionales.