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Por:María José Thomatis – @JoThomatis

Más de 2 mil personas por domingo pasan por este rectángulo de tierra.  Hace 10 años la familia Osachez, dueña del lugar, no imaginó que esta humilde feria en San Martín que comenzó con 10 puestos se convertiría en un predio con más de 300 feriantes llegados de todos los puntos de la provincia. Lamentablemente no hay mucho para celebrar, ya que la causa principal de este crecimiento es el encarecimiento de la vida cotidiana de la gente. “En los últimos 3 años ha aumentado la cantidad de vendedores y compradores por miles” dice Claudia, una de las organizadoras.  Es que lo que las personas ya no pueden adquirir en el supermercado, lo consiguen en la feria a precios que pueden pagar.

La gente empieza a recorrer el predio para comprar desde las 11 de la mañana hasta las 18 hs, también en invierno, aunque haga frío. Muchos puestos abren después de las 14 porque se trata de vendedores que llegan de otras ferias similares en la provincia y que necesitan asistir a más de una por día para conseguir ganancias. Grifería, vidrios templados, artículos de limpieza, cotillón, verduras, zapatillas, juguetes, ropa nueva y usada, golosinas, cigarrillos, artesanías, repuestos para autos, frutos secos, accesorios para celulares, gallinas y hasta viagra se consiguen en la feria.

Todo tipo de vendedores y compradores aprovechan el domingo de feria para intentar sobrevivir una semana más. “Años anteriores solo venían feriantes más bien humildes. Hoy por hoy tenemos vendedores con camionetas 4×4 que viven en barrios privados y que no venden mercadería en sus locales del centro de la ciudad. Vienen a hacerse unos mangos a la feria” explica Claudia, “antes les daba vergüenza venir, ahora no les queda otra”.

Los vendedores pagan el espacio por metros. Algunos tienen gazebos bien armados, otros improvisan con lo poco que tienen.  “Este es el paseo de fin de semana de mucha gente” dice Carlos al lado de sus fabricaciones en hierro artesanales. Durante la semana trabaja en un taller metalúrgico y el fin de semana comparte un puesto de 3 metros con 2 señoras que venden ropa usada. “Este año la gente ya se concentra solo en comprar comida, lo básico. Antes se vendía más ropa y juguetes. Ahora ni para eso alcanza” explica una de las mujeres que vende ropa usada. Su pila de ropa son 6 prendas gastadas sobre una mesita que todos pasan a mirar pero nadie lleva.

 

 

En uno de los puestos más grandes está instalado Luis, que comenzó hace algunos años en la feria vendiendo dulces y hoy también los tiene pero se concentra más en la venta de artículos de aseo personal. “Yo he crecido mucho en este lugar, lo que pasa es que uno vende para comprar más y tener más opciones para el siguiente fin de semana, porque si dormís no vendés” señala mientras le pasa un shampoo a un cliente, “cada vez se necesita más y vivimos peor”.

En contraposición al gazebo impecable de 6 metros de Luis, está el puesto de Juan Carlos, el más llamativo de todos.  Se trata de una combi muy maltrecha que Juan Carlos adaptó como casa rodante, en la que vive y vende. Todas las pequeñas cosas que se puedan imaginar para vender, las tiene en su puesto. En una hoja escrita a mano anuncia que hay viagra a la venta, y cuenta con un sinfín de pequeños artículos con los que sobrevive para tener algo que comer. Cuando lo saludo se está preparando un bife en una plancha en el suelo. Miro toda su oferta: alcancías de plástico se mezclan con latas de caballa, libros usados, un bingo, cartas, imanes, agujas, tés de todo tipo, pilas, bolitas, pelotitas de colores, cigarrillos y un mar de artículos inacabable que cubre hasta el último centímetro de su precario puesto.

 

 

A Juan Carlos le robaron 2 veces en la ruta,  cuando se trasladaba a distintos puntos de la zona para vender lo que tiene. Ahora le da miedo manejar. Miro la combi y no se ve muy cómoda para dormir, mucho menos cuando tenga que cargarla con toda su mercancía. Me cuenta que lo único que le reporta ganancias en la feria es la venta de cigarrillos sueltos. Un pibe se acerca y le pide uno. Ya no vende tanto como antes, y ha reducido su stock “porque ahora la gente necesita comer y no tiene dinero ni para eso.”

Después de un par de horas recorriendo puestos y hablando con vendedores y compradores, llego al puesto de Armando y Edith. Son pocos los artículos que ofrecen a la venta: garrafas de gas, algunos repuestos de plomería y ropa usada por $50 una o dos prendas. Son grandes, los dos trabajan durante la semana en distintas changas y el domingo vienen a la feria. A pesar de que ellos apenas sobreviven con lo que hacen todos los días, el 10% de las ganancias de este puesto la donan a la iglesia de su pueblo, “porque hay gente que la está pasando mucho peor”, me dicen con ojos cansados y se me agota el corazón para seguir preguntando.


REFERENCIA

Fotos: María José Thomatis