

Por: Matias Cambiaggi – @mcambiaggi
¿Por qué Walter se transformó en bandera y Sergio Durán no? –preguntó María del CarménVerdú a su amigo.
-Fijate los titulares con los que se empezó a difundir el caso Bulacio -le contestó Mario-. ¿Cuál es el primer título que sale en Crónica o en Clarín? “Agoniza estudiante golpeado en festival de rock”. Está clarísimo. Lo lee mi abuela y se siente identificada porque puedo ser yo, lo lee cualquier señora gorda que está haciéndose las manos en la peluquería y piensa que puede ser su hijo. O sea, no decía hijo de obrero metalúrgico de Aldo Bonzi. En cambio, Sergio Durán era un desocupado de diecisiete años, que no estudiaba, tenía un hijo de un año y medio, que había tenido algún encontronazo con la justicia y dos o tres causas de menor por saltar un tapial y robar algo de un baldío, es decir, que no era una figura identificable para la opinión pública.(1)
Hace ya algunos años, durante el apogeo de los gobiernos llamados pos neoliberales, circuló entre nosotros con fuerza de verdad, la idea de que hasta ese momento, nunca antes los países de la región habían tenido presidentes que se parecieran tanto a sus pueblos.
La idea, sugestiva y emparentada con una justicia largamente demorada fue tomada como bandera y la historia y la política siguieron sus cursos para traernos hasta este presente en marcha atrás y esa reflexión, como otras, quedaron ahí, aunque no por eso dejaron de interpelarnos.
-Pasaron cosas-dijo nuestro presidente.
Y sí, pasaron. Sobre todo el tiempo, pero también los medios hegemónicos, las derivas del intento desarrollista, los propios miedos o expectativas de los actores en cuestión y todas las dificultades para dejar atrás el nosotros imperfecto que nos dejó como saldo la década de los noventa. Nuestro nuevo y viejo nosotros imperfecto tan heterogéneo y fragmentado como expulsivo, discriminador e intolerante, del cual la existencia de los movimientos sociales es una de sus manifestaciones más visibles.
Hablamos del neoliberalismo, en definitiva, de su muerte, de su sobrevivida y por supuesto, de la necesidad de volver a enterrarlo, por eso también es necesario hablar sobre los 90 y el largo ciclo que instauraron, su persistencia, sus clausuras y algunas de las importantes lecciones que nos dejó y que es necesario recuperar, entre ellas la de reflexionar sobre todo. Por ejemplo sobre los desafíos de los movimientos sociales en la actual etapa histórica, sobre la centralidad de la política o sobre la urgencia por encontrar un proyecto histórico que contenga un nuevo presente colectivo, cuestionando, retomando e inventando, para no errar, como bien aconsejaba el amauta, para encontrar algo cierto entre algunas de las tantas grietas del colectivo social.
1-Recuperar los 90 como caja de herramientas
Hay épocas que acuden en auxilio de otras, que vibran por simpatía entre sí o que se nos imponen por la fuerza de los hechos y un poco detodo esto es lo que está ocurriendocon los 90 y nuestro presente.
Revisitados por un programa de gobierno a contramano de la historia, pero también por invocación de distintos dirigentes políticos que advirtieron los límites del proyecto del Estado inclusivo sin organización social, los noventa llegaron para quedarse y desafiar la lógica de los calendarios. Y en este país en el que nada es casual vale la pena estar atentos a los signos de los tiempos.
Los noventa fueron entre otras cosas un laboratorio de experiencias del que surgieron HIJOS, los piqueteros, las organizaciones de jubilados, un renovado movimiento estudiantil secundario, cientos de agrupaciones universitarias de nuevo tipo,la CTA en su versión más comprometida con la diversidad social, experiencias sindicales de base, democráticas y un sinfín de experiencias de menor tamaño como centros culturales, murgas barriales, colectivos de acción, de pensamiento y de todos los tipos que se imaginen. Todas estas experiencias, más allá de sus diferencias, surcaron al medio aquellos años, les dieron su impronta y ante la traición de los partidos tradicionales, la principal central sindical y la marginalidad de los partidos de la izquierda, fueron el actor protagónico que terminó por echar a los dueños de la pelota y su proyecto neoliberal o en todo caso ponerlo en suspenso.
Podemos decir por eso que los 90 fueron sobre todo de los movimientos sociales y no de los partidos políticos, sean del signo que sean, ni tampoco de los sindicatos, en su gran mayoría vendidos al neoliberalismo. Quizás porque-caída del muro mediante- fueron los movimientos sociales quienes mejor interpretaron la época que les tocó, definida entre otras cuestiones, por la ausencia de proyecto histórico y la desconfianza política y organizativa ante una avalancha interminable de derrotas previas y constantes traiciones de quienes debían ocupar el lugar de representantes de la voluntad popular y por este motivo dieron forma con creatividad, a estructuras e intervenciones públicas acordes a estas cuestiones.
Democracia, respeto, consenso, protagonismo, cuestionamiento y coraje podrían ser las palabras clave de estas experiencias y sus búsquedas radicales, de las que surgieron no casualmente, liderazgos diluidos, circunstanciales, rotativos o incluso ausencia de liderazgos. Así como también una nueva reflexividad que supo poner en cuestión el lugar y las características del Estado, de la democracia vigente y hasta la solemnidad con la que se practicaba la política.
Un verdadero arsenal teórico que tuvo como su conquista dar cauce social a la argentina fragmentada y heterogénea de fin del siglo pasado pero que-es necesario destacarlo- también tuvo como su límite no encontrar los canales que permitieran construir y sostener en el tiempo articulaciones estables y de nuevo tipo entre esas mismas heterogeneidades fragmentadas.
Es por este motivo que el desafío de este presente tiene como uno de sus ejes vertebrales la necesidad del diálogo histórico entre estas experiencias truncas, nacidas de un tiempo nuevo y de quiebre, junto a las más reciente, surgida de las experiencias dispersas y embrionarias en la gestión del Estado en su etapa inclusiva y la actual, reinventada por un feminismo renovado y protagonista en el debate y la ocupación del espacio público.
2-Institucionalización, con disputa y acuerdo
Desde aquellos piqueteros de Cutral Co y Tartagal, pasando por el Matanzazo del año 2000, los MTD y las organizaciones realizando sus primeras experiencias en el Estado, hasta la actualidad, los hoy llamados trabajadores de la economía popular, pasaron por varias etapas y transformaciones. Sin embargo, en este largo proceso hubo mucho más en juego que sólo cuestiones de nombres y paso del tiempo. Hubo construcción de identidad, combate al Estado y participación en él, autoafirmación, interesantes experiencias de articulación y un reclamo de participación en la CGT de acuerdo a la ubicación de sus trabajadores en el aparato productivo. Es decir, un repertorio inquieto y abierto a los cambios de las distintas coyunturas y sus oportunidades.
En el presente los Movimientos Sociales hay varias de sus búsquedas anteriores para volverse no sólo indiscutibles interlocutores del Estado, sino activos protagonistas de la política entendida en el más abarcativo de los sentidos.
Ejemplos de estas búsquedas de intervención institucionalizada y madura fueron por ejemplo el proceso abierto por la aprobación de la Ley de Emergencia Social y una larga lista de otras leyes demandadas tales como las de Emergencia Alimentaria, Integración Urbana, Infraestructura Social, Agricultura Familiar y Emergencia en Adicciones; pero también la experiencia inédita y en pleno desarrollo de la gestión de la propia obra social de los trabajadores de la economía popular, siguiendo la experiencia desarrollada no hace tantos años por el movimiento obrero.
Por estas razones y por sus propuestas, los movimientos sociales se han ubicado en un terreno novedoso e inexplorado que podríamos llamar de institucionalización con disputasy acuerdosfrente al Estado, para proponer nuevos escenarios y para llevar adelante y profundizar los que están en curso de la mano de estas experiencias nacientes.
La Institucionalización en conflicto o beligerante,se ha demostrado como un camino posible y fructífero, y por eso mismo, la garantía de crecimiento y juventud de estos movimientos cuestionadores de lo dado, ambiciosos, abiertos al diálogo y la participación de otros sectores sociales y porsobre todo, protagonistas de este tiempo.
3-Representación política
Retomando el imprescindible diálogo histórico que planteamos, en relación a la búsqueda de representación política, es válido volver a un momento del cual aún no se ha profundizado en todas las conclusiones posibles. Nos referimos a la fundación del FOP (Frente de Organizaciones Populares) durante los inicios del Kirchnerismo.
A partir de esta propuesta podemos preguntarnos por ejemplo: ¿En qué lugar dejaron los 90 a los movimientos sociales? ¿En cuál a los partidos tradicionales?
Atravesado por el clima cálido de los ecos del reclamo “Que se vayan todos”, el kirchnerismo desde sus comienzos puso los ojos sobre estas experiencias viendo en ellas no sólo una forma de “controlar” el conflicto social, sino imaginándolos como socios políticos y aliados para contener los apetitos de un Partido Justicialista aún desacreditado en buena parte de la sociedad.
La apuesta de articulación entre aquellos movimientos sociales que acompañaronel proceso de consolidación de ese gobierno, como todos sabemos terminó en fracaso. Sin embargo ¿cuáles fueron los motivos?
-Nos faltaron huevos-dijo un dirigente.
-El gobierno hizo todo lo posible por meternos ruido entre nosotros- dijo otro más.
Y hubo también explicaciones que se centraron en las personalidades de uno u otro dirigente. Sin embargo, las razones parecen más profundas.
La madurez a todas luces insuficiente del proceso previo y de las coincidencias reales, revelaron más que ninguna otra cosa la falta de sustento real para encontrar las coincidencias en al menos dos cuestiones: Por un lado la falta de un proyecto propio pensado desde y para los trabajadores de la economía popular y por otro la ausencia de ideas para abordar cuestiones organizativas y de exposición de los distintos dirigentes y para abordar los debates internos frente a cada coyuntura en una situación de distintas “ventajas y déficits” de cada organización, que arrojaba una paridad o empate sin hegemonías que conduzcan si no era a través del consenso a partir de la visualización de un interés superior en común.
A modo de final tal vez resulte útil traer también a la memoria el recuerdo de que hubo un tiempo en el que los trabajadores tuvieron una representación política mucho mayor a la que hoy tienen, con representación en el Congreso y en la gestión del Estado. Esto ocurrió durante los tiempos del primer peronismo, aunque es necesario subrayarlo, con un “nosotros” muchos menos imperfecto que el que hoy tenemos y que, por lo demás no es muy distinto a aquel de finales de los noventa.
Aquella experiencia no del todo valorada por quienes hacen política y que pareciera haber quedado tan atrás en nuestra historia como los paraguas de la revolución de mayo, también es parte de nuestra historia contemporánea. Y si bien es cierto que aquella Argentina ya no existe y que esa situación cambió más que por ningún otro motivo porque cambió el mundo en el que se desarrolló, también resulta parte del aprendizaje, advertir y señalar que también el movimiento sindical perdió, a su vez, aquella vitalidad que supo tener para dialogar con el conjunto de la sociedad, así como para encontrar aliados estratégicos y circunstanciales en una sociedad tan compleja, como las nuevas características del “mundo del trabajo”.
Para los movimientos sociales por su lado, queda aún un largo camino por recorrer para el cual seguramente será necesario profundizar en la búsqueda de una voz propia, más articulada y unitaria, formas organizativas contenedoras, un fluido diálogo histórico, una mayor institucionalización, la misma preocupación por dar cauce a la riqueza social de cada tiempo histórico y sus debates y por supuesto la articulación y propuesta del nuevo proyecto político histórico que los trabajadores de la economía popular deben llevar como bandera, porque nadie más lo va a hacer por ellos.
El largo ciclo del neoliberalismo, y la revisita de los noventa nos dan la oportunidad de volver a poner en cuestión como primer paso, la idea de un nosotros sin fisuras para desafiarlo, mostrarle sus grietas y hacérselas sentir al colectivo social que se hincha el pecho hablando de lo que “somos”, mientras mira para el costado ante la emergencia alimentaria, sanitaria o habitacional en la que viven muchos sus vecinos.
La representación política que los movimientos sociales merecen, tal vez tenga un lugar entre esas grietas, tendiendo puentes, proponiendo otros, escapando siempre al abrazo de lo viejo y preguntando siempre donde queda lo por descubrir.
Ilustración: Analú Lezcano
(1) Entrevista para el libro El Aguante, la militancia en los 90. Marea Editorial, 2018.