La ciudad pasó de ser un balneario aristocrático que imitaba distinguida playas europeas, a una playa popular, donde se reúnen veraneantes de todo el país cada temporada. En la década del 30, se democratizó, y las elites abandonaron la Playa Bristol. La posibilidad de vacacionar para miles de argentinos y argentinas: reposeras, castillos de arena, churros y sanguche de milanesa. La argentinidad que confluye en una misma arena.
“A Mar del Plata yo me quiero ir,
solo una cosa falta conseguir.
Lo que yo tengo es mucho coraje,
solo me falta plata para el viaje”
(Ranchera de Francisco Lomuto,
grabada por Carlos Gardel en 1930)
Caminar por la playa Bristol un sábado de verano en Mar del Plata no es tarea sencilla. Las lonas playeras se despliegan en los huecos que con el correr de la mañana ya no se ven. Puede haber 30 centímetros entre la cabeza de la adolescente tomando sol, y la carpa que montó una familia para resguardar bajo su sombra a los niños y la heladera con el almuerzo. Hay que agacharse un poco si el joven que vende sombrillas no nos ve. “¡Barata la sombrilla! ¡Ahora sombrilla, a la tarde paraguas!”, exclama cuando en el cielo se avizoran algunas nubes grises que el viento se encargará luego de disipar. Se frena donde puede ante la consulta de una mujer por los baldes, moldes y palas para dar forma a la arena. Le resultan caros. “La comodidad se cobra en la playa”, dice él y vuelve a cargarse al hombro todos los bártulos. Suena cumbia, más adelante reguetón. De las heladeritas salen sanguches de fiambre, bebidas varias, algunas frutas, y hasta patas de pollo de la cena de la noche anterior. Un caniche sale a ladrar al hombre de alpargatas blancas y medias negras, remera de Coca Cola y visera para soportar un poco más el sol. Ofrece a los gritos ensaladas de fruta y cerveza: para todos los gustos. “Me gustaría que me muerdas así saco 150 mil dólares de un juicio. Bueno, o un trago de vino”, le respondió al perro, buscando la complicidad del grupo de jubilados que había descorchado uno blanco y otro tinto. Hay que mirar bien donde pisar para no aplastar los castillos recién edificados con arena húmeda y estar alertas a la subida del mar, que insiste con achicar los espacios públicos.
Si bien Mar del Plata no nació como ciudad balnearia, lleva 132 de sus 144 años recién cumplidos, recibiendo veraneantes. Y desde siempre fue el balneario nacional por excelencia, más allá de la distinta composición de sus visitantes.
Elisa Pastoriza es investigadora de la Universidad Nacional de Mar del Plata, especializada en historia social y autora del libro “La conquista de las vacaciones”, donde da cuenta de los distintos períodos que atravesó la ciudad como destino turístico, en la transformación del pequeño pueblo agropecuario a la “estación de mar”.
La visita de Dardo Rocha, entonces gobernador de la Provincia, en 1883, impulsó la llegada del ferrocarril tres años después y con él, el arribo de los primeros veraneantes: del goce del paisaje al baño en las aguas saladas, el mar se erigió como el principal atractivo, que luego se conjugaría con la construcción de mansiones veraniegas, y los primeros centros sociales de los porteños, como la rambla y el Hotel Bristol, que se convirtió en el centro de ostentación en la actual manzana comprendida por las calles San Martín, Entre Ríos, Rivadavia y Corrientes. Paul Groussac, en su libro El Viaje Intelectual (1887) relató sus primeras experiencias con la playa y el mar: “Hay en este espectáculo siempre igual y siempre nuevo, en esta eterna demencia de las olas destrozadas renacientes, una suerte de fascinación irresistible”.
La ciudad pasó en poco tiempo de ser un balneario austero al predominio de la elegancia de una elite que construyó sus propios mitos y rituales. Con la inauguración del Hotel Bristol en 1888, que reunió a grandes personajes de la política argentina, prensa e invitados extranjeros, se puso la cuota de valor simbólico que llevaría a Mar del Plata a constituirse como balneario nacional. La intención, entonces, enmarcada en el proceso de modernización de la Argentina, era emular el refinamiento de los emprendimientos balnearios europeos como Biarritz, San Sebastián, Trouville o Deauville.
Para ello fue necesario, por ejemplo, la sanción de un Reglamento para Baños y Bañistas, luego de que dos jóvenes se atrevieran a aparecerse en la confitería Bristol, atiborrada de gente, con “trajes de baño impúdicos” porque dejaban ver sus brazos y la mitad de sus piernas, además de un pronunciado escote. La playa quedó en pocos minutos vacía por el escándalo. A partir de allí, solo podían quedar al descubierto los tobillos, los varones podían ingresar al mar separados de las mujeres por no menos de 30 metros de distancia y quedaban prohibidos los larga vistas y el uso de palabras “deshonestas o contrarias a decoro”.
Antes, los “bañeros” eran inmigrantes italianos o vascos que ayudaban a afrontar el oleaje. A veces tomaban a los bañistas de las manos para saltar ante la envestida de una ola o los ayudaban a flotar o zambullirse. Incluso, se habían colocado unas cuerdas para que se sujetaran a medida que ingresaban al mar. Ahora, los guardavidas se dedican a rescatar del mar a quienes son arrastrados por las olas y encabezan los operativos de restitución de los niños y niñas perdidos a sus familias, silbatazos y aplausos mediante. Guillermo tiene 54 años, más de 30 de servicio y 6 en la playa popular. Dijo que el mayor problema es que la gente no sabe nadar, aunque también se producen canaletas que empujan a los veraneantes contra las escolleras. Su promedio es uno o dos rescates diarios, pero en el turno tarde pueden ser hasta 10.
El balneario aristocrático mutó con la llegada de las masas que avanzaron en la apropiación del tiempo de ocio y del espacio, hasta el día de hoy. En las playas de la Bristol la escena se repite cada verano. Allí siempre hubo mayoría de turistas. Los locales suelen sumar un poco más los domingos, cuando el trabajo o las changas dan un respiro. “El marplatense viene recontra listo, con sombrillas, reposeras y heladeras”, asegura Martín, quien desde hace 20 años alquila sombrillas por día. Cuestan 300 pesos con mesa y sillas; menos de la mitad de otros balnearios céntricos que suman diversos servicios a su precio. La opción por la playa popular o la Bristol responde a una cuestión de identidad con la tradicional postal de la ciudad; también a que el 90% de las líneas de colectivos llegan hasta allí.
Los turistas, por lo general, optan por comprar su almuerzo en los puestos que se montan sobre la playa; o bien deciden regresar a su hospedaje -hoteles sindicales o departamentos en su mayoría- para comer y luego regresar por otro chapuzón, mates y churros playeros. Hay quienes hacen una parada técnica en uno de los locales gastronómicos que se encuentran sobre la calle Buenos Aires, a pasitos de la Peatonal San Martín. Por 150 pesos se llevan un sanguche de milanesa completo de medio metro. De acuerdo a la cantidad de comensales, se piden los cortes. “Me han pedido que lo divida hasta en seis pedazos”, reveló la empleada del lugar. Es el más vendido, y el dueño del lugar lo cuenta con orgullo: “Es la vedette de la cuadra”.
La popularización del balneario tuvo que ver no sólo con Mar del Plata sino con ciertas tendencias igualitarias en Argentina, de acuerdo a la investigación de Pastoriza. “¿Por qué aquello que es de la elite no se puede popularizar? Mar del plata es el mejor ejemplo de eso, en la posibilidad del acceso al ocio y al tiempo libre”, sostuvo.
El proceso de democratización se plasmó en la década del 30, cuando –paradójicamente- gobernaban los conservadores. Es bajo el mandato de Manuel Fresco que se desarrollan las políticas que permitieron la llegada de las clases medias a Mar del Plata. Durante esos años, se demolió la Rambla Bristol y se construyó el complejo Rambla, Casino y Hotel Provincial, se cerró el Hotel Bristol que supo ser símbolo de lujo de las clases altas, se urbanizó Playa Grande hasta donde se desplazó la elite, y se pavimentó la ruta 2, lo que permitió mayor cantidad de arribos desde distintos puntos del país. En 1930 se había creado el Balneario Popular, que supo ser un proyecto socialista.
La prédica de la Iglesia desde los años 20, en especial de Monseñor Miguel De Andrea, también influyó sobre la concepción del tiempo libre y las vacaciones de las clases bajas. En 1944, al inaugurar La Casa de la Empleada en Punta Mogotes, había señalado que hasta hacía poco las sierras y el mar “eran un privilegio de los que no necesitan trabajar”: de hecho la elite porteña venía a pasar el verano completo a la ciudad. Era urgente cambiar el estado de cosas, dijo, “para lograr que las playas y las montañas comenzaran a ser consideradas como artículo de primera necesidad para el pueblo que trabaja y elabora la riqueza de la Nación. Así se hace Patria”.
Este impulso a la actividad turística estuvo también respaldado por entidades empresarias, de fomento, sindicales, entre las que se destacó la Asociación de Propaganda y Fomento de Mar del Plata, que impuso consignas como “Por la democratización del balneario” y “Mar del Plata no camina sola”. Las iniciativas fueron de lo más variadas: desde la organización de eventos deportivos, difusión, programas de radio, estampillas con fotos de Mar del Plata, guías hoteleras, hasta acuerdos con los hoteles y el ferrocarril para que haya estadías más cortas y más económicas.
Con el peronismo se consolida e institucionaliza este proceso: el primer gobierno justicialista “puso en marcha el diseño de un proyecto de Turismo Social, asentado en la concepción de las vacaciones como una conquista simbólica asociada al derecho al descanso”. Una de las cuestiones centrales fueron las vacaciones pagas, que se establecen por decreto en 1945. “A esto se suma la organización de paquetes turísticos, un programa para comenzar a organizar los viajes de los trabajadores a Mar del Plata, la creación del complejo Chapadmalal, la expropiación de algunos hoteles y la intervención del Estado en estas cuestiones. En un principio se hacía con las organizaciones obreras y después esta tarea la toma la Fundación Eva Perón”, relató Pastoriza.
Fue en 1954, al inaugurar el Festival de Cine, que el líder peronista exclamó que el 90% de los veraneantes eran “obreros y empleados de toda la Patria”. Pastoriza lo contraría y señala que entonces era todavía reducida la cantidad de trabajadores y trabajadoras que llegaban a la ciudad, y era la clase media la que arribaba de manera masiva. Un dato que da cuenta de ello es que el mayor número de veraneantes llegaba en automóviles. Ese augurio se daría recién sobre fines de la década del 60, cuando se instauran la mayoría de los hoteles sindicales.
La visita a Mar del Plata obliga a una foto al pie de los lobos marinos de piedra que se erigen en la bajada a la Playa Bristol. Pastoriza cuenta que algunos especialistas en historia de la fotografía dicen que es una de las ciudades más fotografiadas de Argentina. Las imágenes antes se revelaban en papel y eran en blanco y negro. Ahora se suben a las cuentas de Facebook e Instagran en cuestión de segundos. Los cambios y vaivenes son variados. De poder mostrar solo los tobillos a las bikinis y las mallas enterizas que retornan. La moda indicaba hace más de cien años que la piel debía conservarse blanca; luego el cuerpo tostado permitía demostrar el acceso a vacacionar y se impuso. La democratización del tiempo libre abrió la posibilidad de vacacionar a las clases medias, bajas y obreras con el correr del siglo XX. Poco a poco las exclusividades se fueron rompiendo o desplazando, y Mar del Plata actuó como un factor nivelador en la historia turística del país.
Fotos: Belén Cano
Gentileza Diario La Capital, archivo Fotos de Familia