Cantaba Litto Nebbia: “la operación es simple”. Viene del principio: “el peronismo es una farsa”. Cambiemos ejecuta una sinfonía robusta que hizo de las denuncias de corrupción sobre el peronismo (desde Hotesur hasta las cuentas sindicales) un género que actúa sobre la sensibilidad de capas medias y bajas: el peronismo es una estafa completa. Cambiemos, y esa parte de la sociedad de la que es reflejo, expresa un fervor antiperonista intacto. Hoy en Argentina parece más vivo el antiperonismo que el peronismo (una fuerza en crisis y fragmentada). Las movilizaciones que se desarrollaron estos dos años contra recortes, despidos, tarifazos, revisten un carácter polisémico: a todo eso que vemos en el tumulto de la calle es difícil ponerle un nombre. De hecho, uno de los dirigentes sindicales más combativos es literalmente radical, un auténtico boina blanca. Palazzo. Pero para el gobierno es todo lo mismo.
Tendencia mundial, tendencia nacional: se debilitan las viejas lealtades partidarias. Arrimo una mínima observación: los jóvenes que marchan dentro de las columnas de organizaciones sindicales encolumnadas en la CGT, en general, no cantan la marcha peronista. Fue más común oírla estos años en actos de organizaciones juveniles (con proporción alta de participantes de capas medias), que hacen un rito del cumplimiento de los protocolos militantes. Una columna de Camioneros canta el cantito concreto de su gremio, son hinchas de Moyano.
La operación es simultánea: ¿qué hacemos con la Argentina salarial? Si no se subordinan les destruimos su representación gremial (de la llamada “marcha de Moyano” el gobierno fue deshojando la margarita, quitando gremios incluso “combativos” a fuerza de billetera y carpetazo). Poner algunos casos testigos de corrupción sindical indignará a los representados. El precio que se paga con la limpieza moral contra los sindicalistas es el deseado por el gobierno: herir de muerte la estructura de representación sindical, subordinarla.
El movimiento del gobierno es una maniobra de osteópatas: toca los huesos del modelo sindical. Ese conjunto de gremios que representan trabajadores, que negocian paritarias, que nutrieron sus bases en la década kirchnerista incorporando nuevas generaciones y nuevas tensiones al interior (vean el desarrollo de un gremialismo combativo en el corredor industrial de la Panamericana que tantos dolores de cabeza le dio a Cristina en 2014), y que también conforman la base del sistema de salud argentino que se compone de tres patas: la pública, la privada y las obras sociales. Dos de cada tres personas que se atienden en pre-pagas provienen (derivando sus aportes) de las obras sociales. Pero en Argentina comienza a ocurrir algo a lo que el gobierno le presta atención: el incipiente pero sólido cruce entre CTEP y CGT, el puente que une a una clase obrera heterogénea y compartimentada, como dice la socióloga Paula Abal Medina, en sus distintas realidades salariales y formales. Se trata de una unidad de trabajadores orquestada por abajo. Juan Carlos Schmid (CGT) no está a tiro de carpetazo, Juan Grabois (MTE) o Daniel Menéndez (Barrios de Pie) no están a tiro de carpetazo, los curas villeros no están a tiro de carpetazo… ¿y qué dicen? Dicen que esto va mal. Y expresan a una parte de la sociedad que aspira a resolver sus problemas colectivamente.
Los gremios fueron parte de una arquitectura que definió el siglo 20: la ampliación de derechos. Todavía es verano, vayamos al mar: miremos la vieja red de hoteles sindicales (el turismo obrero). Decía Perón en 1954, durante el festival de cine de Mar del Plata: “Hace diez años visité esta ciudad y en ese entonces era un lugar de privilegio, donde los pudientes del país venían a descansar los ocios de toda la vida y de todo el año. Ahora, en cuanto a la situación social, bastaría decir que el 90 por ciento de los que veranean en esta ciudad de maravilla son obreros y empleados de toda la patria.” El cénit del turismo sindical fueron los años 70: en 1973 Mar del Plata contaba con 62 hoteles sindicales. Es recomendable un estudio de la historiadora Elisa Pastoriza (“Las puertas al mar”, Biblos, 2003). Por supuesto que ese esplendor se apagó con los años y con la caída de muchas ramas productivas, como los metalúrgicos, que necesitaron comenzar a vender ese patrimonio turístico a partir de los años 90. Pero aún quedan esquirlas de ese viejo turismo social. (Tengo en mi memoria la belleza dura del hotel de “Luz y Fuerza” de San Bernardo.) Es decir: el movimiento obrero organizado históricamente fue parte de la modernización argentina, de la incorporación institucional de millones de ciudadanos al ejercicio de sus derechos y al consumo.
Es una forma de discriminación positiva suponer que el discurso moral y contra la corrupción sólo pertenece e indigna a minorías de las clases medias porteñas. Hace mella en todos. Pero se ha hecho del peronismo la narración exclusiva y excluyente de una saga de mil causas con mil tramas, hasta el punto que reinvierte aquella vieja muletilla del “roban pero hacen”, a una más simple y llana “roban pero los conozco”. Las causas off shore tienen un tratamiento selectivo, menor, complejo, que resulta entonces en una abstracción inasible encuadrada sobre un fondo de sospecha atenuado: serían los hombres de Cambiemos hombres demasiado ricos, con dificultades más bien contables, para organizar el packaging de un político presentable. Pero el peronismo, según esta misma línea oficial, está hecho de barro y pavimento, hace su fortuna en la política, llegan pobres, salen ricos. Licitaciones municipales, remedios adulterados por la obra social. El peronismo, como decía el poeta Rodolfo Edwards, es presentado como una pura simulación: se hace populista, progresista, liberal. Depende la década. Nunca es lo que parece. Así, lo que vemos hoy es que, mitad porque apuntaron y mitad porque tenían dónde apuntar (una corrupción real que carcome la credibilidad política del peronismo de un modo innegable), el peronismo encuentra debilitado su contrato con la sociedad. Le costará hacer pie para dar “testimonio”. Cambiemos necesita pasar los costos de su transición (la salida del populismo) desacreditando de un modo implacable cualquier expresión que intente organizar ese descontento: desde el papa hasta Moyano, desde Grabois hasta Baradel, desde Cristina hasta el sindicalismo combativo. Populismo con o sin Hotesur u OCA: si no son mafiosos o corruptos, son patoteros igual. Y vuelve a circular como moneda corriente una de las grandes frases nacionales: ¿y a quién querés que vote? Para mucha gente votar a Cambiemos se presenta como algo sin vueltas, un voto “natural”. Frente a este cuadro, varios intendentes peronistas de bastiones del GBA piensan como posibilidad real, perder. El ataque moralista contra quienes ejercen representaciones es articulado con la necesidad de flexibilizar las relaciones laborales, de achicar el “gasto público”, etc. A Macri no le molestó sacarse una foto con Moyano hace dos años. Pero ahora gobierna y Moyano es una contradicción, porque a Moyano también lo explica la dignidad que defiende para sus representados. Y el deseo de una sociedad libre de individuos que realizan su libertad a cuanta mayor individuación, le gana por goleada a los discursos sociales empantanados en este juego. Cuando Juan Grabois le dice a Lanata “nunca fui kirchnerista” (algo comprobable), Lanata cae al vacío. Por supuesto que no habría nada malo en serlo o haberlo sido, sino que la operación de vaciamiento ideológico no es completa, porque para que Cambiemos se afirme ante la sociedad como una aparente alternativa post ideológica, precisa también vaciar la ideología de su “otro”.
Repetido: para Cambiemos no es la economía de mercado la que produce pobres, sino su ausencia en un país al que juzgan demasiado “mafioso”, estatizado, sindicalizado, para que esa economía “libre” se instale.
Hace pocos días participé de una mesa en la que la consigna era “El peronismo en el siglo 21”. El mismo enunciado lo estaba diciendo: el peronismo no está a tiempo. Hay que anunciarle el siglo nuevo. La consigna fue aceptada naturalmente, lo cual es un error. ¿Qué creemos que es el siglo 21? ¿Cuándo creemos que empezó? ¿De qué creemos que está hecho este siglo? ¿Empezó cuando cayó De la Rúa o cuando se logró la primera conexión a internet, cuando el primer argentino abrió su cuenta de Facebook? ¿Creemos que es lo que Cambiemos nos representa como modernidad? ¿Creemos que es un siglo sin conflictos? ¿Un siglo sin derechos? En términos literales el “nuevo siglo ya tiene 18 años”, es decir, casi el 20% de tiempo y aún se sigue anunciando la “llegada” como una aurora, ¡vayamos a la playa a recibir el sol! Tal vez el siglo comenzó en Argentina con la caía de De la Rúa, lo que marcó el fin de una etapa política y social, el fin de un “modelo económico” y la implosión relativa del sistema de partidos. Y desde 2002 fue ese peronismo quien gobernó la sociedad argentina durante 14 años.
Pero volviendo a este presente: ¿no hay más “novedad” y “siglo 21” en la CTEP, que en el negreo de empleados de Triaca? ¿No hay tanta “novedad” en la AUH como en Facebook o snapchat? No es sin derechos la modernidad del siglo 21.