FUERTE APACHE, EL DOLOR DE YA NO SER

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Por: Pablo Marchetti

 

 

Fuerte Apache no es una villa. Fuerte Apache es un despropósito. Los edificios destruidos, los peldaños de los escalones rotos, las barandas oxidadas, el riesgo de una construcción que parece que en cualquier momento se viene abajo. No tanto la construcción. El problema es el mantenimiento. En realidad el problema es cómo vivir allí.

Fuerte Apache es el resultado de un proceso de urbanización. El resultado o el devenir. En su nacimiento, Fuerte Apache no fue más que la fantasía cumplida para los habitantes de “la villa”. Eso que hoy se llama Fuerte Apache, eso que nació como comentario despectivo por parte del periodista José de Zer en el noticiero Nuevediario, surgió como materialización de la dignidad humana.

Quizá por eso hoy decir “Fuerte Apache” es motivo de orgullo entre la mayoría de la gente que vive en el barrio. El dolor de ya no ser, diría Gardel, el que cada día canta mejor, el que le dio nombre a otra villa, en Morón. O tal vez el consuelo. O el instinto de supervivencia. O el último girón de dignidad al que aferrarse. Quién sabe.

¿Qué es lo que lleva a una persona a tener un punto de identidad, una referencia, una cosmogonía personal que la identifique, independientemente de cualquier lógica? Pienso en un sueco, un canadiense, un danés. Imaginemos. ¿Qué pensarán cuando nos golpeamos el pecho y exclamamos con orgullo que somos argentinos?

¿Cuál será el aspecto que tendremos para gente racional, correcta y lógica cuando ve que nuestra vida emocional depende del resultado de un partido de fútbol? ¿Cómo no entender entonces a la gente que se hincha el pecho diciendo ser de un lugar? ¿Cómo no comprender el inmenso lugar de pertenencia humana que existe en esos edificios algo inestables del norte de Ciudadela, municipalidad de 3 de Febrero

 

Esto no es Palermo

“Yo me siento más seguro acá que en Palermo”, tira Diego, el Peyu. A su lado, Miguel asiente. Miguel tiene puesta la camiseta número 32 del Shanghái Shenhua. A su lado, Abel también asiente. “Ser de Fuerte Apache es un orgullo”, asegura. Y aclara: “Eso sí, si buscás laburo, mejor no digas que sos de Fuerte Apache”.

Parece surrealista que un pibe de Fuerte Apache tenga puesta una camiseta de un equipo de la Súper Liga China. Y eso que en el barrio pueden verse todo tipo de camisetas de fútbol, del país y del Mundo. Pero la Liga China sería un límite. Si no fuera porque en el Shangái Shenhua no hubiera jugado Carlitos Tevez. Y esa camiseta número 32 tiene escrito el nombre del jugador que la llevó durante un par de temporadas: Carlitos.

En Italia, el pueblo de Vinci sólo es conocido en el Mundo por ser la ciudad de Leonardo. O sea, Leonardo da Vinci. Carlitos, el Apache, es el abanderado del barrio en

todo el Mundo. Tevez mostró una remera que decía Fuerte Apache cuando hizo varios goles para la Juventus, en pleno corazón de la Italia industrial y rica. La remera estaba debajo de la camiseta albinegra del club italiano. “Cada tanto viene a comer un asado con los muchachos, es un pibe muy humilde”, reconoce el Peyu.

Cuando viene Carlitos hay revuelo. Se corre pronto la voz y todo el mundo se acerca, todo el mundo quiere una foto, todo el mundo hace más y más grande el mito del hombre que llevó a Fuerte Apache al Mundo. Ahora hay expectativa por la llegada de Tevez a Boca. Pero lo que importa no es que vuelva a Boca: lo que importa es que vuelva a Fuerte Apache.

Entre los fans de Carlitos hay hinchas de Boca, por supuesto. Pero también de River, de Racing. Y un club que los une a todos: Almagro. Todos son hinchas de Almagro y de otro club. Almagro es el club del barrio. Y Carlitos el jugador, el emblema, el referente absoluto de Fuerte Apache.

Gracias a Carlitos, Roger Didi Ruiz pudo cumplir su sueño: fundar el club El Apache, una cancha de césped sintético sobre lo que antiguamente era un baldío lleno de escombros. Fue entre esas piedras que Carlos Tevez empezó a jugar al fútbol. Hoy está la cancha, pero también las instalaciones de un club muy modesto.

La cancha de El Apache fue inaugurada en 2009 con la presencia del entonces gobernador de la provincia, Daniel Scioli. Dentro de la modesta construcción se lee, ante todo, el lema de la institución, la frase con que Didi arengaba a los pibes desde la época de los comienzos de Carlitos: “Sueñen, chicos, que se puede”. Hay también una galería de fotos con varios chicos que surgieron de la inspiración y la dedicación de Didi. Entre ellos el propio Carlitos. Pero también Cabañas.

Darío Coronel es el lugar común trágico de la villa y del fútbol. Era guapo y era paraguayo. Por eso le decían Cabañas. Y era centrodelantero. Cabañas era el 9 y Carlitos el 10. Salieron juntos de Santa Clara Esperanza, el club más antiguo de Fuerte Apache, donde entrenaba Didi antes de El Apache. Fueron juntos a All Boys. Pero Cabañas se descontroló.

Drogas, delito, lo irremediable, aquello que dicta el lugar común, el estigma. A los 17 años, mientras Carlitos jugaba en la Selección Juvenil, Cabañas robaba el Bingo de Ciudadela. Y en una persecución mató a un policía. Como sabía que se la tenían jurada, antes que caer bajo las balas policiales, decidió disparar él. Se pegó un tiro.

En El Apache, a Cabañas se lo recuerda como el extraordinario jugador que, dicen, fue. Obviamente, la leyenda solo podía terminar de una manera. “Mi papá me dijo que Cabañas era mejor que Carlitos”, cuenta el Peyu. El papá del Peyu es Didi.

El último club donde jugó Cabañas fue Vélez. Desde entonces, Vélez tiene un convenio firmado con Santa Clara Esperanza. El crédito local hoy se llama Thiago Almada, y otra vez surge la tentación. “Va a ser mejor que Tevez”, dicen. “Tiene más técnica”, aseguran. El Peyu, mientras tanto, sueña: “Yo quiero seguir el legado de mi viejo, entrenar a un equipo”. Miguel, a su lado, se ríe: “Con esa panza no podés entrenar nada”, lo desafía. Abel también se ríe, los tres se ríen.

Llega Manuel, ex futbolista, el padre del Gordo Massi, cantante del grupo de rap que lleva el nombre del barrio: Fuerte Apache. “Yo me siento más seguro acá que en Palermo”, dice Manuel. Parece que la frase es parte de la identidad del barrio. “El otro día tuve que ir a Plaza Serrano y me afanaron. Acá en el barrio nunca me pasó nada”, insiste Manuel. “El barrio es como una familia”.

El Peyu dice que intentó irse, es más, que se fue. Pero que no aguantó y volvió. Quién sabe si logrará entrenar a un equipo de fútbol. Tiene 24 años y sigue intentándolo. Pero es seguro una cosa: por el momento, tiene más chances de ser el próximo DT de la Selección Argentina que de abandonar su departamento en Fuerte Apache.

 

El estigma originario

José de Zer era cronista del noticiero Nuevediario en el momento en que Canal 9 estaba dirigido por su propietario, Alejandro Romay, y era, en los años 80, el único canal privado de la Argentina. El resto de los canales de televisión (abierta, la única que había o se veía masivamente) eran estatales. Nuevediario tenía un estilo que en ese momento era visto como “sensacionalista”.

Observado en perspectiva, desde hoy, Nuevediario parece apenas un noticiero más. A lo sumo, “popular”. Pero entonces era amarillo, sensacionalista, poco serio y bizarro. Eso sí, arrasaba en el rating y lo veía todo el mundo. Podías odiar a Nuevediario, pero aún odiando a Nuevediario tenías claro qué era Nuevediario. Y, sobre todo, tenías claro quién era José de Zer.

Durante un tiroteo, a comienzos de los años 90, José de Zer decidió rebautizar al Barrio Ejército de los Andes como Fuerte Apache. El nombre surgió en un momento de estigmatización suprema, cuando ciertos cánones de la corrección política no eran alcanzados por la lógica televisiva. Hablar de “pueblos originarios” era algo propio de iniciados. O ni siquiera.

Un indio (así: indio) era entonces un revoltoso, un incorregible, un bardero, un descontrolado. Hablar de Fuerte Apache era una estigmatización más a los habitantes de una villa. El asunto sonaba tan desafiante que pronto el término se trasladó al doble discurso: por un lado, racismo y clasismo; por otro, la necesidad de crear una identidad. Y no hay nada mejor para crear una identidad que dar vuelta un insulto. Como hicieron los Putos Peronistas o las Putas Feministas. Ser de Fuerte Apache pasó a ser entonces una marca. Alta marca.

Como siempre, en toda necesidad de salvación está la exageración. Y sin ser el infierno que apunta el estigma, Fuerte Apache es una villa. Una villa distinta, una villa que no está hecha con azar. El suelo es plano, parejo. Los edificios tienen cierta lógica. Y eso permite una cultura urbana muy fuerte: fútbol, grafitis, música.

Los problemas sociales operativos son los mismos que en cualquier otra villa: drogas-basura, drogas, basura, balaceras, control territorial, aprietes. El riesgo es una balacera, una bala perdida. Y para eso es mejor no meterse con alguna gente. “Ahí no entremos, bajá la cámara”, piden. “Ahí venden”, agregan. Todo es lógico, todo es natural, todo transcurre normalmente si no hacemos cagadas.

Ni dios ni amo

En la Casa Padre Mujica hay varias ancianas que toman mate mientras juegan a la lotería. “Es para que activen la memoria”, cuenta Celia, militante del Movimiento Evita, referente en el barrio, quien lleva adelante el lugar. Cuenta que dan talleres para jubilados, boxeo, zumba (sí, zumba, la forma más transversal, más policlasista que tienen de mover el cuerpo hoy las chicas), además de llevar adelante “un comedor para chicos y adultos mayores, unas 30 personas que vienen todos los días”.

El local es amplio y además de una sala con una mesa, hay una biblioteca. Hay clásicos de la literatura, pero también una gran cantidad de volúmenes de la colección de libros anarquistas: Proudhon, Kropotkin, Malatesta y hasta Cristian Ferrer.

Celia llegó al barrio al comienzo, en 1974. Nació en el Chaco y a los 7 sus padres se fueron a vivir a la villa de Retiro, donde conoció, de muy chica, al Padre Mujica, a quien recuerda con una admiración infinita. Para ella venir al barrio fue algo increíble. “Pasamos de la villa a un departamento hermoso, con administración y consorcio”, recuerda. “Después empezó el deterioro hasta que todo se vino abajo”.

A Celia no le gusta decirle Fuerte Apache. Para ella sigue siendo el Barrio Ejército de los Andes. “El problema es que hay una ausencia total del Estado”, explica, tratando de entender por qué esos departamentos terminaron siendo aquello que venían a reemplazar. Toda una paradoja política. Celia, mientras tanto, organiza distintas cooperativas que se mantienen con planes sociales.

“Con las cooperativas tratamos de hacer todos los trabajos más urgentes: recolección de basura, reparación de escaleras y barandas”, enumera. Aunque destaca que el principal problema son las cloacas. “Algo de lo que se debería ocupar el Estado, igual que las luces de la calle”.

Para Celia lo más complicado no es andar por el barrio en sí, sino por los alrededores. “La cola del 146 es más grande que una peregrinación pero igual te roban”, dice. “Mientras tanto, la policía anda por ahí, gasta nafta”. Pero no quiere ser otra portavoz del “fantasma de la inseguridad”: “Acá el problema es que no hay trabajo. Las únicas opciones que te quedan son hacer changas, trabajar como trapito o buscar verduras en el Mercado Central”.

Hace algunos años, Celia tuvo su propia verdulería, muy modesta, en Beiró y General Paz. Y otra vez surge el mito Tevez. “Carlitos se tomaba el colectivo ahí y yo le regalaba alguna fruta. Un chico adorable, es mi amigo, lo veo cuando viene al barrio”.

Celia tiene 54 años. Su hija, Analía, 31. Es deportista y en la Casa Padre Mujica es responsable de fútbol y de box. Dato importante: el fútbol en Fuerte Apache no sólo es cuestión de varones. También hay muchas chicas que juegan. Lo mismo pasa con el box. Analía se entusiasma cuando habla de cómo ve que las chicas están tomando conciencia para no ser maltratadas. “Siempre hablamos con las chicas, hacemos reuniones, lo debatimos”, dice.

A su lado, Celia asiente. Aunque reconoce que falta mucho. “En la cooperativa somos 58 compañeros y el 80 por ciento son varones”, cuenta. Le hago notar que, a pesar de

eso, quien conduce es ella, una mujer. Y que quien conduce la juventud también es una mujer, su hija Analía. Celia entonces se ríe. “Es cierto, hay cosas que están cambiando. Pero tienen que cambiar muchas cosas más. Al Estado no les interesamos. Para ellos somos un gasto”.

Posapocalipsis ya

Lo dicho: Fuerte Apache no es una villa. Parece, más bien, un lugar posapocalíptico. Cada uno tendrá el suyo de referencia, siempre en el cine, en la literatura, en otros formatos. A mí me hace acordar a la historieta Ficcionario, de Horacio Altuna. Hay rastros de aquel núcleo urbano que debió haber funcionado, que pintaba para otra cosa, pero devino en esto.

No es solo lo que pasa en los edificios. También hay autos abandonados, quemados, secuestrados, con faja policial, desarmados. De todo. Coches que quedaron allí y, a diferencia de los edificios, no resisten ningún tipo de uso. Pero hay también autos viejos que andan, que están en funcionamiento.

Todos en el barrio reconocen que lo que hizo que Tevez fuera Tevez es una mezcla de la enorme calidad del joven (evidentemente) con la fe ciega, el entusiasmo y el sacrificio de un padre adoptivo que siempre lo apoyó. Pero por lo bajo (muy por lo bajo, que no parezca que nadie habla mal de Carlitos, a ver si alguien se confunde) reconocen que hubo un factor importante: el padre adoptivo de Carlitos tenía una camioneta para llevarlo a todos lados.

La camioneta fue un factor fundamental, fue la llave material para posibilitar el ascenso estelar de Carlos Tevez. Porque en ese lugar posapocalíptico no es lo mismo tener o no tener ascensor. Tener o no tener peldaños. Tener o no tener auto. Que un auto ande o no.

Cuando se tiene auto, cuando el auto anda, existe la posibilidad de tener un emprendimiento: el truchito. Los truchitos son remises informales que tienen una tarifa de 10 pesos por persona hasta Liniers. Desde allí, la gente se puede tomar el Sarmiento. Y de esa manera, evitar la cola interminable para el 146.

Lo peor, dicen, no es esperar el colectivo. Lo peor es que yendo a tomar el colectivo lo más probable es que te roben, te saquen la poca plata que tenés y el celular, tal vez las zapatillas. Parafraseando a Franco Bagnato: pobres que roban pobres. Dale, hablame de lazos de solidaridad y de tejido social.

La hipocresía

Para subir hasta lo de Didi hay que tener mucho cuidado. Es un cuarto piso y el ascensor anda sólo un par de horas por día. Hay que ir por la escalera, casi toda de chapa, casi toda muy oxidada. Además, hay muchos lugares desde donde caer al vacío. La conexión de gas es desastrosa, y hay pérdidas. La instalación eléctrica también.

El Peyu nos hace entrar a su casa, donde está Didi. En el living hay pocas cosas. Apenas una foto gigante, enmarcada, donde se ve a Didi junto a Daniel Scioli, que lleva puesta la camiseta de su equipo, La Ñata. Didi habla con dificultad y tiembla por el parkinson.

En el departamento viven el Peyu con su mujer, su hija y un hermano con síndrome de down. Además de Didi. Después me muestra cómo está el departamento.

En la cocina no hay manchas de humedad: todo es una gran mancha de humedad. Más bien, quedan algunos pocos lugares donde resiste la pintura. El resto es un manchón entre negro y verdoso. “A veces se llena de agua”, cuenta Didi. Recordemos: estamos en un cuarto piso de un edificio de diez.

En el living, Didi recuerda a Carlitos en un balbuceo que cuesta comprender. El Peyu retoma la palabra. “Este fue el sueño de mi viejo”, dice y señala la foto de Didi con Scioli. La foto es increíble: Didi mira hacia la nada, como si no le importara el momento, como si estuviera pensando en cualquier otra cosa. Scioli mira hacia un costado, como si estuviera pensando en salir de allí cuanto antes. Ninguno mira al frente, a la cámara.

“Ese día pusieron un césped sintético buenísimo en la cancha, jugaron y se sacaron fotos”, cuenta el Peyu. “Pero a los pocos días vinieron de la gobernación y se llevaron ese césped sintético y dejaron el que está ahora, todo gastado. Nunca más nadie vino a hacer nada por acá”.

Lo curioso es que no lo dice como denuncia. Al contrario: está agradecido porque al menos Scioli vino a hacer algo. No hay rencor hacia el ex gobernador y ahí está la foto, gigante, en el living, como prueba. “Lo importante es que pudo realizar su sueño, ¿no papá?, pregunta el Peyu. Didi tiembla, no se sabe si niega o asiente.

Se sabe: los sueños nunca son como los soñamos.

 

Nudos, tiras y monoblocks.

A veces los nombres dicen las cosas de manera tan directa, tan evidente, que no hacen falta más explicaciones para entender las cosas. Pero a veces también el uso cotidiano de esos nombres hace que perdamos de vista el verdadero significado. Es lo que ocurre muchas veces con la rutina, con la repetición de una idea: nos hace perder de vista la capacidad de asombro.

¿Cuál es el nudo del problema de Fuerte Apache? ¿Cómo fue que este complejo habitacional modelo, este conjunto de edificios construido, supuestamente, para darle una vivienda digna a la gente de la villa 31, haya terminado siendo la reproducción exacta de aquello que se quería superar? La respuesta es difícil de encontrar. Pero en los nombres se pueden encontrar algunas pistas.

El nudo del problema. El nudo de la cuestión. Pues bien, en Fuerte Apache hay 13 nudos. Todo el mundo lo dice todo el tiempo, cada una de las personas que vive allí lo repite de memoria. “El nudo aquel”, señalan. “El nudo de allá”, dicen cuando quieren darte una ubicación. Es que los edificios del barrio no son todos iguales. Hay nudos, hay tiras y hay monoblocks. Y como si de una paradoja sobre el origen se tratara, los más importantes son los nudos.

El complejo del Barrio Ejército de los Andes está compuesto por 13 nudos. Los nudos son los edificios de 10 pisos. Esos que, se suponía, iban a ser los más importantes, desde

donde se puede tener un panorama de todo el territorio. Como las torres de las ciudades medievales desde donde se podía observar quién llegaba desde afuera, pero también en qué andaba la gente de adentro.

Además de los nudos, hay otros dos tipos de construcciones: las tiras y los monoblocks. Ambas construcciones son bastante parecidas. “Las dos tienen tres pisos, pero los monoblocks tienen las ventanas más grandes”, recita de memoria la gente del lugar al visitante que saben que no tiene idea de qué se trata aquello.

Aunque en el origen se suponía que era mejor vivir en los nudos, hoy los monoblocks y las tiras resultan más amables. Lógico: con ascensores que funcionan mal y con horarios restringidos, con escaleras sin barandas y escalones rotos, siempre es mejor quedarse en las construcciones más bajas. Lo mejor es evitar el nudo.

 

 

El Melly

“El barrio está muy quemado por lo que dicen los noticieros, gente que no tiene idea de lo que pasa acá, que solo tiene que mostrar lo malo, pero acá hay de todo, como en todos lados”. El Melly está peloteando en la cancha con otros pibes, esperando que se arme el picado. El Melly es otra de las celebridades del barrio.

En el mundo el embajador de Fuerte Apache es Carlitos. Pero Carlitos hace tiempo que no vive en el barrio. El Melly, en cambio, se quedó acá. Y no lo cambia por nada. Aunque se vaya de gira por el país, aunque toque en varias provincias, aunque sus videos tenga millones de reproducciones en Youtube. Aunque su canal oficial tenga más de 200 mil suscriptores.

El Melly sale de gira por las provincias, viaja todo el tiempo tocando sus canciones, es un músico que labura, integra un underground muy extraño: es un desconocido para quienes no tienen idea quién es, y una celebridad para quienes lo conocen. No es como, digamos, Luciano Pereyra, que aún quienes no lo escuchan y hasta lo detestan saben quién es. En ese sentido, el Melly se parece más a La Renga: es de culto pero masivo. Y por supuesto, lleva la marca del lugar de origen.

“Yo en todos lados digo que soy de Fuerte Apache, estoy orgulloso del lugar donde nací, no lo oculto”. Esta vez no surge la comparación con Palermo, pero la sensación es la misma: “Acá me siento seguro”, dice el Melly. “Acá nos conocemos todos, hay un ambiente muy familiar. Y acá están todas las historias que cuento en mis canciones”.

El Melly es el emergente de la otra escena importante que hay en Fuerte Apache, además del fútbol: la música. Y aunque el lugar común de la villa indica que “la” música es la cumbia (y más recientemente, el reggaetón), en el barrio las cosas son distintas. Es cierto, cuando se camina por las calles, de las casas, de los autos, básicamente se escucha cumbia. Pero los pibes cantan otra cosa.

Hace años que el rap dejó de ser una moda de pibes de clase media acomodada y ocupó el lugar que tuvo en su nacimiento, en los sectores más marginales de los barrios de las grandes ciudades de los Estados Unidos. Pero en Fuerte Apache es fenómeno fue particularmente fuerte. Como si se tratara de una respuesta a la cumbia villera, hace casi

una década surgió el rap villero, de la mano de una banda que tenía el nombre del barrio, como si se tratara de plantar una bandera.

El grupo Fuerte Apache resultó una bomba en la escena de la música popular argentina. Hacían rap. ¿Debían entonces formar parte de la escena del rock? Tenían letras extremas, que daban cuenta de la marginalidad, de la villa. ¿Debían entonces formar parte del mundo de la cumbia? Fuerte Apache, la banda, rompió esquemas e hizo bailar a quien se pusiera adelante, sin ponerse a pensar en categorías absurdas.

Hoy el Melly toma la posta y tiende puentes. Grabó con distintos artistas del mundo del reggaetón, se volvió más pop, más digerible, sin dejar por eso de lado ni su origen ni las temáticas más extremas. Arrancó con “La voz del barrio”, que tenía temas como “Ni comercial ni careta” o “No se asusten”, con el barrio como territorio y la marginalidad extrema como identidad.

De allí decidió ampliar la brecha y tender puentes. Y lo hizo de manera explícita: “De la calle al escenario” se llama su segundo trabajo. Ustedes disculpen, pero decir “disco” a esta altura del siglo XXI, para un pibe de 27 años (de Fuerte Apache o de Puerto Madero) es un arcaicismo. Y esa es la edad del Melly.

Ahora el Melly se puso más pop, más romántico, se atreve a las canciones de amor y hasta hizo un tema denunciando a los hombres que les pegan a las mujeres. Una bomba antimachista en el corazón de Fuerte Apache. Mientras tanto, no se olvida del barrio ni de los pibes y canta “Vos no sos un criminal”.

“Me gusta viajar, conocer otros lugares, llevar mi música a todos lados”, explica el Melly. “Pero viajar me hizo dar cuenta que este es mi lugar, mi barrio, que acá está mi mundo. Y también me hizo dar cuenta que no somos tan distintos. Hago canciones de amor porque acá en el barrio hay historias de amor, como en todos lados. Y también hay mucho machismo, como en todos lados. Por eso les digo a los pibes que traten bien a las chicas. Acá en el barrio están mis amigos y están las historias que quiero contar”

Preguntas sin respuestas

¿Por qué? La pregunta apunta a un barrio, a un proyecto, a un deseo, a una solución, a una medida buena, a un proyecto habitacional, a un rumbo político y social. ¿Por qué? ¿Cómo es que el Barrio Ejército de Los Andes se transformó en Fuerte Apache? ¿Cómo es que la solución a un problema se transformó en la continuidad de un problema?

En ese sentido, Fuerte Apache puede ser el ejemplo ideal para que la usina de estigmatización sobre “lo villero” saque a relucir todos sus argumentos racistas y clasistas: “a estos negros les das un departamento y te lo transforman en una villa”, “les gusta vivir así”, “no saben vivir de otra manera”, “son sus costumbres”, y demás estupideces que se reproducen con una liviandad de la que sólo es capaz de reproducirse el sentido común.

Quizá la mejor manera de empezar a revertir el estigma sea abriendo los ojos y observando. Abriendo los oídos y escuchando. Ver que lo que existe allí es un barrio al que se puede acceder fácilmente, sin ningún otro condicionamiento que el prejuicio. Un

barrio que se vio rebalsado por el crecimiento de la pobreza, por el abandono institucional y por la estigmatización social. Una especie de círculo vicioso que lo fue aislando.

Pero si se acercan y abren los ojos y los oídos, lo que se escucha allí es gente. Con la variedad de ilusiones, desengaños, gratitudes, mezquindades y lazos de solidaridad que existen en cualquier otro barrio. Con todo eso que nos pasa a todos en cualquier otro lugar donde vive mucha gente.

En Fuerte Apache hay chorros, transas y faloperos. Como en todos lados. Y también hay gente buena, solidaria, generosa, humilde, que no jode a nadie y que sólo busca ser feliz. Como en todos lados. ¿Por qué entonces no pensar en Fuerte Apache de un modo similar al que lo hacemos con ese lugar incierto al que denominamos “todos lados”?

Por supuesto que hay allí una anomalía. Por supuesto que no es justo tanta pobreza, tanta miseria, tantas privaciones. Pero de allí no se sale ponderando ni haciendo caridad. “Es mucho mayor el daño que le hace a la gente del barrio alguna gente que vive afuera, que el que la gente del barrio le hace a la gente que vive afuera”, dice Celia. Y no se me ocurre otra cosa que escuchar.

Mirar, escuchar. No encuentro un modo mejor de empezar a comprender qué pasa en el barrio. Que es, a su vez, la mejor manera de empezar a pensar soluciones. Y es, sobre todo, la forma de darnos cuenta de que eso que transformó al Barrio Ejército de los Andes en Fuerte Apache no es sólo un problema de la gente del barrio. Es, más bien, un problema de todos.

Nada puede mejorar en Fuerte Apache si no pensamos las cosas desde un nosotros que incluya a todos. A ellos y a nosotros. No es un slogan. Es la certeza de que la pobreza y la miseria no hablan bien, sobre todo, de quienes no vivimos en la pobreza y en la miseria.

 


REFERENCIA

Fotos: Corina Figun