
Por: Luis Vivori
Las letras F, M e I juntas le dan forma a una de las peores pesadillas argentinas. Término simbólico que conmueve las retinas con imágenes de desesperación, pobreza y crisis. Sobre todo crisis. Una espiral de angustia que, obcecada, insiste en no desaparecer de nuestra memoria y acecha especialmente a los más vulnerables de la sociedad. Buena vida delivery, película hecha a los ponchazos entre 2001 y 2003, refleja aquel tiempo que parecía muy lejano y que por estos días amenaza con retornar. El film, rodado íntegramente en diversos lugares del conurbano, debió sortear los mismos inconvenientes que muestra en la ficción. Leonardo Di Cesare, su director, lo cuenta así: “En septiembre de 2001, con el pago de la primera cuota del crédito, nos pusimos a trabajar. La segunda cuota nunca llegó. Tuvimos que suspender y en el medio nos agarró diciembre de 2001. Suspendimos cuatro veces la preproducción. Tuvimos que adaptar varias veces el guión y cambiar el equipo técnico tres veces porque no había para pagarles y se iban, lógico. Además, la poca plata que teníamos quedó en el corralito”. Con poco viento a favor, pero con una voluntad de hierro, Buena vida delivery logró llegar a la pantalla grande para transformarse en un testimonio muy vivo de todo aquello por lo que pasamos y no queremos volver a pasar. Incluso aunque haya algunos nostálgicos rastreros que persistan en el intento.
Churros para enfrentar la crisis. Hernán, el protagonista de Buena vida delivery, trabaja en una mensajería en el Gran Buenos Aires. Su familia debe elegir el exilio frente a una crisis económica que amaga ser importante. Solo, en la casa familiar, Hernán enfrenta lo que viene con buenos sentimientos y un toque de ingenuidad. Se enamora de Pato, que trabaja en una estación de servicio; pero no de su familia, que en un golpe de escena se le instala en la casa. Además, de un día para el otro, el joven se entera que Pato tiene una hija, le improvisan una fábrica de churros en su casa y pierde el trabajo. Circunstancias rodeadas por fotogramas reconocibles: colas atestadas de gente en los consulados o pidiendo trabajo; otros buscando comida en los tachos o tirados en las esquinas. De repente, todo se derrumba. Las barriadas del conurbano sufren el impacto de la desolación. La película se hace eco de ello: “Filmamos en Boulogne, dónde está el delivery; en Ramos Mejía, la casa; en Bernal, la estación de servicio y en San Fernando, la parrilla. Buscamos lugares del conurbano que mostraran la decadencia de la clase media venida a menos”, explica su realizador.
Casa tomada. Como en el cuento de Cortázar, Hernán está rodeado. Su vida funciona como metáfora frente al caos: un afuera impiadoso va carcomiendo cada uno de sus espacios íntimos sin que él pueda tomar conciencia ni ofrecer verdadera resistencia. Frente al temporal, aparece una colección de farabutes y miserables que se aprovechan de la situación. Pero también están aquellos otros que buscan refugio donde sea como acto de supervivencia y sin otros propósitos. Son decisiones. Di Cesare explica estas conductas:“Hay algo que tienen todos y es que sus objetivos se postergan constantemente. Y hacen cosas que van en contra de sus sueños. Y es lo que nos pasa un poco a todos en este país. Es tapar agujeros todo el tiempo, resolver lo inmediato, lo urgente”.Una época traumática que dejó huellas imborrables en nuestras conciencias y que explica buena parte de nuestros comportamientos en sociedad.
No fue un accidente. En un análisis ligero, podría acusarse a Buena vida delivery de presentar una mirada epidérmica de la crisis de 2001. Sin embargo, lejos de eso, el film de Di Cesare utiliza casos testigo, muy simples, para recordarnos todo aquello que tanto nos duele. Y lo hace sin solemnidad ni melodrama. Porque si algo destaca en el film, es la necesidad de plantarle cara a los problemas sin detenerse demasiado en lamentos o resignación. Mujeres y hombres formateados en tiempos de caos, patacones y trueque. Moro Anghileri, coprotagonista, lo explica así: “Son seres con mucho conflicto interno, pero no malas personas, sufren. Me parece una forma muy interesante de describir una crisis, no como el déjà vu constante de que todo está mal, sino con las historias chiquitas de la gente que vive esa crisis. No pueden pensar con distancia, tienen que resolver las cosas sin dinero y sin otra oportunidad, y eso los va modificando”. En el casillero de los desastres existen los naturales y los provocados. El desastre argentino de 2001 tiene responsables con nombre y apellido. A no olvidarlos, ni a ellos ni a las consecuencias de sus actos. Mucho menos aún cuando por estos días la pesadilla amaga con su regreso.
Entrevistas extraídas de:
https://www.clarin.com/ediciones-anteriores/casa-tomada_0_By0zRfhk0tx.html
Para ver la película en youtube:
https://www.youtube.com/watch?v=pwySMib5LXE