“AL PERIODISMO LO VEO LEJOS DE LA REALIDAD”
14 diciembre, 2017
TRABAJO
27 diciembre, 2017
Por: Martín Rodríguez

 

Argentina es hermosa. Existe una agrupación que se llama “¡Vayan a laburar!”. No es un partido, no tiene afiliados, no tiene centro, ni conducción, ni bandera, ni grupo de whatsapp, ni página de Facebook. Es un sentimiento de corrido horizontal en nuestra sociedad vertical: millones de energúmenos sublimes que ante el piquete, corte o lo que interrumpa la circulación asoman el torso del auto y gritan su grito de guerra “¡vayan a laburar!”. Es así: nos mandamos a laburar. El tachero sería el baluarte de esta agrupación. E incluso: ¿en qué otro trabajo depende tanto la rentabilidad del estado del “orden público” que en el de un taxista? En definitiva los taxistas si son “fachos”, lo son por razones de clase. El viaje corto y rápido, me dice uno en el café de una GNC de Almagro, es la clave del éxito. Y la ciudad siempre es un desconche. Pero todos nos mandamos a laburar. “¡Andá a laburar!”.

El trabajo fordista permanece en el imaginario social. La imagen gloriosa de nuestra clase obrera en ese 17 de octubre para rescatar a Perón: hombres y mujeres de mameluco. Había hijos de tanos, gallegos, santiagueños o diaguitas, pero la clase era homogénea. De casa al trabajo y de trabajo a casa.

En una reunión política pequeña y cerrada, allá por el año 2007, la entonces ministra de Desarrollo Social Alicia Kirchner, objetaba la implementación de la futura AUH con el argumento de que era una política liberal y que la forma de la inclusión social era el trabajo. “El trabajo incluye a la gente, chicos”. Para eso impulsaba una serie de políticas sociales y cooperativistas de relativo resultado focalizado. De nuevo: había que trabajar. En julio de 2013, en su versión opositora a CFK, el dirigente Hugo Moyano (astuto y sensible) cometió el desliz de llamar planes “descansar” a los que aún llamaba como rémora del 2001 “planes trabajar”. Era un Hugo cansado dando una pelea íntima contra el cristinismo (ya, ambos) en retirada. Dijo textual: “Los del Gobierno no son planes trabajar, son planes descansar, indignos”. El trabajo es dignidad, en la mentalidad de Hugo. Pero la confusión ya era deliberada: ¿cuáles eran los “planes trabajar” de ese momento? ¿La AUH, que además es un derecho? Hugo también mandaba a la gente a trabajar, contra la supuesta resistencia de un gobierno que no. Hugo en 2013, como Alicia, vivía aferrado al libreto de una sociedad salarial posible, persistente.

Según el Banco Mundial, Argentina es un país con “redundancia de empleo”. Lo que significa que somos un país con alto índice de trabajo sustituible por robots, tal el debate contemporáneo. Para el actual gobierno el desarrollo de un país formalmente podría medirse en una sola cosa: la creación de empleo privado, “empleo genuino”, es decir, no subsidiado, no público, no estatal, creado por el mercado. En la modulación del discurso oficial que es definitivamente anti estatalista, hay una inversión de valores: la política económica y social de un país es hacer ingresar al mercado más personas. Si el kirchnerismo creía en la capacidad de “crear empleo”, el macrismo cree en la de crear las “condiciones”, que es, justamente, sacándole justamente al Estado de encima, despegar esa lana de vidrio de la contabilidad empresaria. El intento por ahora pospuesto de la flexibilización laboral (cuyo proyecto iba a ser más sector por sector y terminó siendo más a la brasileña) además desnuda la monológica variante liberal para generar ese empleo: ajustar al trabajador. Se difunde por varias vías simultáneas, entonces, el fantasma del fin del trabajo en el mundo y a la vez la discusión del “costo laboral”. ¿Qué dicen? Que un trabajador sale caro. En el medio: un tercio de los trabajadores viven en la informalidad. Ahí donde, diríamos, la relación es un boca a boca entre empleado y patrón. Sin ley, sin Estado, sin sindicatos.

En un artículo reciente publicado en el Dossier sobre Trabajo en la Nueva Revista Socialista, el historiador Alejandro Galliano arroja: “La robotización, incluyendo el desarrollo de la Inteligencia Artificial, es el último estadio de la mecanización del trabajo. Un proceso que en su forma moderna, es decir, para la producción de mercancías por parte de mercancías, ya lleva más de tres siglos. (…) Este fenómeno es de particular interés para Argentina, cuyo mercado laboral tiene alta incidencia de cargos intermedios: personas con secundario completo empleados en la administración pública y privada, precisamente el trabajo más robotizable con la tecnología actual.” ¡Vayan a laburar!

En mi memoria de empleado público tengo un recuerdo de 2003. La presencia de los cartoneros se había naturalizado, existía una ley que les reconocía entidad en la ciudad de Buenos Aires (la ley 992) y que los llamaba “recuperadores urbanos”, otorgándoles un estatus en virtud del beneficio ambiental que producían en la ciudad (la disminución de residuos que ya no iban a parar a los rellenos sanitarios). La ley porteña creaba un programa (PRU) que debía, entre otras cosas, registrarlos. Hicimos un operativo de registro en el barrio Ramón Carrillo de Villa Soldati. Se les daba pechera, guantes y un carnet de identificación. ¿De qué hablaban los cartoneros en la cola? Entre otras cosas y mucho: de ese trabajo. Trabajaban a pie, alguno en bicicleta, otros tenían caballo que, pese a la prohibición de la tracción a sangre desde tiempos de Onganía, tenían identificados circuitos “libres” de control policial. Pero el tema era el trabajo: si se conseguían carros más chicos, más grandes, si en tal galpón mejoraban los precios o tal otro cerraba, si se armaba una cooperativa y se negociaba un subsidio, los horarios de empresas que sacaban las cajas, arreglos con mercados chinos, y así. Diríamos que se sentían incluidos a un tejido industrial del que eran, claramente, el eslabón débil pero la actividad les daba pertenencia, circulación y… legalidad. “Prefiero a los cartoneros que a los piqueteros” decía una señora en la televisión, muchos de los cuales eran las mismas personas: cartoneaban a la tarde, a la caída del sol, cuando los comercios y las casas sacan la basura, y marchaban con alguna organización a la mañana hasta la puerta de una dependencia pública por uno de los planes a los que podían estar enganchados (los famosos PEC porteños).

Diez años después, en 2014, la visibilidad del conflicto social se trasladó a la Panamericana y al tejido de la industria autopartista que comenzaba su rito de despidos, suspensiones e internas sindicales. La empresa Lear tuvo su pico: catorce “piquetes móviles”, tal la forma más innovadora de una nueva dirigencia clasista. La escena era cotidiana: la Gendarmería ordenada en persona por Sergio Berni contra los delegados de izquierda cuerpo a cuerpo. El grito del energúmeno (“¡vayan a laburar!”) debe haber repicado en el asfalto de esa ruta del corredor norte ese año como pocos. Probablemente encontró como nunca su rebote en la voz de algún trabajador de las autopartistas (uno de los pilares de la industrialización kirchnerista): “eso es lo que justamente queremos”.

 

En Argentina la condición de trabajador es política. Lo supimos en los años 90 bajo la modalidad del trabajador-desocupado que dejaba de trabajar pero no de organizarse. Se podía perder el empleo, la función, la identidad industrial, pero no exactamente la condición política. Fuimos un país que discutía su igualdad social en las fábricas hasta 1975. Luego, desde ahí, en un arduo ciclo el hormiguero fue pateado y hay múltiples discusiones acerca de una sociedad más justa, ya no prima la discusión salarial organizada que el peronismo nos dejó. Tal vez en la CTEP y el reconocimiento a una economía popular de estos años radica el último capítulo que sigue abierto. Trabajadores sin patrón, trabajadores que inventan su trabajo, trabajadores que defienden su oficio. La Argentina: un país donde el que no tiene trabajo lo inventa, y el que tiene y lo puede perder lo defiende con uñas y dientes. En este país, nadie descansa.