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Por:Alejandro Wall

“Hoy termina la guerra entre el Estado y el periodismo, con una política pública de comunicación moderna que respete la pluralidad de voces”, anunció el jefe de Gabinete, Marcos Peña, el 30 de diciembre de 2015, días después de que Cambiemos asumiera el Gobierno nacional. Desde entonces, el Sindicato de Prensa de Buenos Aires (Sipreba) estima que se perdieron más de 2500 puestos de trabajo en los medios de comunicación de la Argentina, no solo por cierre de empresas sino también por despidos, retiros voluntarios y jubilaciones forzadas, un panorama que llevó a la organización gremial a pedir ante el Congreso la declaración de emergencia ocupacional en el gremio de prensa.

La supuesta guerra, a la que Peña se refería, era la disputa entre el gobierno kirchnerista y las grandes corporaciones mediáticas, con el Grupo Clarín a la cabeza. Su capítulo principal fue la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, en 2009. Los opositores que hoy son oficialistas le agregan otros condimentos, como la creación de medios alimentados por la publicidad oficial, que en la mayoría de los casos servían como espadachines de la batalla por el relato. Apenas asumió, el macrismo desmontó la ley a fuerza de decreto, por lo que el sector entró en una nueva fase de concentración. Todo a pedir de Clarín. Del otro lado, lo que sobrevino fue un desmoronamiento del universo de medios ligados al kirchnerismo.

“¿Reducir engañosamente la clasificación de empresarios vaciadores y patoteros engordados en esos feedlots como “empresarios K”, no supone ignorar olímpicamente sus negociados con los gobiernos de la vieja Alianza, del PRO en la Ciudad de Buenos Aires y de Cambiemos, ahora, en la Nación? ¿No es más productivo comprender que en esas prácticas anida un tipo de vínculo estable entre política y medios que necesita ser revisado? ¿No es acaso más distintivo su ensamble con los servicios de inteligencia?”, escribió Martín Becerra, especialista en medios, investigador del CONICET y docente de la Universidad de Quilmes.

El caso más simbólico es el de Sergio Szpolski, dueño del Grupo Veintitrés en sociedad con Matías Garfunkel, escondido en Miami, cuya implosión se produjo en paralelo a la asunción de Mauricio Macri. Sus tentáculos se mantienen en el poder. Uno de sus gerentes en el Grupo, Juan José Gallea, obtuvo un puesto en la AFI macrista, un conchabo que ya tenía en los años de la Alianza. Su socio oculto, Darío Richarte, mantiene una influencia de peso en el organismo de inteligencia. Un nombre los unifica: Enrique Nosiglia.

Szpolski, ex candidato a intendente de Tigre por el Frente para la Victoria, sostenido por el kirchnerismo, se construyó protección con el macrismo. No solo en la Justicia, donde tiene sus resortes, sino también en el Ministerio de Trabajo. Para intentar salir de escena, además, hizo aparecer a un empresario desconocido, Juan Mariano Martínez Rojas, autor intelectual y material del ataque todavía impune a la redacción de Tiempo Argentino, recuperado por sus trabajadores.

El macrismo y sus voceros se amparan en que los que cayeron fueron medios ficticios, sin audiencia, que solo aguantaban por las dosis de pauta. Sin embargo, la pérdida de puestos de trabajo incluye, entre otros episodios, los retiros voluntarios en Clarín y La Nación, el cierre de revistas de Editorial Atlántida, controlada por Televisa, y el final después de 35 años de la agencia DyN, cuyos principales accionistas son Clarín y La Nación. Todo ante la mirada contemplativa del Ministerio de Trabajo.

Ahí radica una de las responsabilidades del Gobierno. También en su otro rol, el de castigador de los periodistas y medios que no se ajustan a su línea. Así volaron de C5N, propiedad del Grupo Indalo de Cristobal López y Fabián De Sousa, dos periodistas que sí tenían audiencia: Roberto Navarro y Víctor Hugo Morales. Aunque se anunció la venta de Indalo al empresario Ignacio Rosner, el traspaso todavía está en la Justicia por las deudas del Grupo con la AFIP. Según Navarro, los dueños del canal negociaron su cabeza para no ir presos. La amenaza de cárcel también llegó al secretario general del SUTERH y presidente del Partido Justicialista, Víctor Santa María, dueño del Grupo Octubre que controla la AM 750 y es accionista de Página/12. Las advertencias contra una posible detención llegaron después de que en ese diario, Horacio Verbitsky contara que el hermano del presidente, Gianfranco Macri, había blanqueado 35 millones de dólares. Aunque Peña había dicho que la guerra se había terminado, en los medios trascendió lo que Macri piensa de Verbitsky: “Es la peor lacra que existe”.

Si con esa mano golpea, con la otra Macri entrega. Clarín recibió 350 millones de pesos en pauta oficial solo en el primer semestre de 2017. Fue el grupo de medios más beneficiado en ese reparto. La concentración se agudizó. “La cifra total fue de $1.777.110.864. Implica un aumento del 6,5% en relación al semestre anterior. Y un crecimiento exponencial del 130% respecto del primero de 2016, cuando el nuevo gobierno ‘secó la plaza’. Si se contempla lo presupuestado, el gobierno ya gastó más del 75% de los fondos disponibles ($2.135 millones)”, escribieron los especialistas Santiago Marino y Agustín Espada en la revista Fibra.

Fotografìa: ARGRA

Los de abajo

Pero cuando se discute sobre la situación de los medios, se discute por arriba, se ejemplifica en figuras de la televisión o la radio; se discute corriendo lo que sucede con la masa de trabajadores de prensa, muchos de ellos, incluso, que no son periodistas, desde empleados de administración hasta personal de mantenimiento. Se instala la idea de que hay que fijarse dónde trabajar, para quién, una construcción de complicidad entre los patrones y los trabajadores. No solo que una mayoría de trabajadores no elige dónde trabajar, sino también que otros eligen y lo hacen tensionando la línea editorial de su medio. Otros, además, ni siquiera son periodistas con derechos plenos, no integran las redacciones de manera estable. Un ejército de factureros monotributistas inunda los medios. El oficio periodístico, su precarización, se convirtió en un kiosco de 24 horas. La supervivencia es posible escribiendo aquí y allá, a toda hora.

Jorge Bernárdez y Luciano Di Vito llevaron un hashtag al título de un libro de publicación reciente: #ElFinDelPeriodismo. Historias de un oficio perdido. O cómo eran las redacciones antes de internet. Se trata de un conjunto de entrevistas que van de Ernesto Cherquis Bialo y Carlos Ulanovsky hasta Any Ventura y Gerardo Rozín. “El título –dice Bernárdez- lo elegimos como apunte irónico que se usa en las redes sociales y por eso la bajada sobre las redacciones antes de Google”. De esas historias hasta la actualidad, agrega el autor, “hay una precarización ostensible que se suma a cierta cuestión individualista propia de todos nosotros. Pero en el fondo sigue estando la inquietud, la curiosidad y la necesidad de contar el mundo tal cual lo vemos que me parece que es lo que nos une. Hablar con todos me confirmó que los que estamos en esto tenemos como una marca en el orillo, cierta incomodidad, cierta necesidad de comunicación. Todos fuimos los raros de nuestro círculo de alguna manera”.

Si algunos medios se derrumbaron una vez caída la pauta que recibían, si otros aprovechan el contexto para ajustar, si una forma de hacer periodismo se terminó, los que pagan son los trabajadores. La novedad es que son ellos –los trabajadores- los que en estos dos años sostuvieron algunos de los medios vaciados. Según un relevamiento del Programa Facultad Abierta de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, entre 2016 y 2017 hubo 23 medios recuperados, por lo que encabezan el listado, seguido de los rubros gastronómico y textil.

“Hasta 2015 –contó el periodista Daniel Jatimliansky en Infonews- había solo nueve medios de comunicación recuperados. En solo 2 años de gestión de Cambiemos, la cifra creció un 66%. Los nuevos productos autogestionados son los diarios Tiempo Argentino, de Buenos Aires; La Nueva Mañana, de Córdoba; El Ciudadano, de Rosario; La Portada, de Esquel; El Correo, de Firmat; y el portal de noticias Infonews. A esa cifra debería sumarse El Argentino, de la zona Norte del Gran Buenos Aires, que por su escaso número de empleados no se conformó como cooperativa de manera formal pero funciona como tal”.

Esos medios se suman, además, a un conjunto de publicaciones, radios y canales autogestionados, alternativos y populares, cuyos trabajadores desde ahora podrán ser afiliados del Sipreba, que en su última asamblea general modificó su estatuto para el ingreso de quienes conforman esos medios. Además, se resolvió el otorgamiento de plenos derechos a jubilados y el ingreso de las minorías en la Comisión Directiva.

Pero lo que sobrevoló la asamblea fue el debate sobre cómo enfrentar la situación que atraviesa el gremio, al que también afectará la reforma laboral propuesta por el macrismo, y que tiene por delante desafíos particulares, patronales poderosas, achiques en los medios públicos, y afrontar los límites a la libertad de prensa ante los conflictos sociales que impone la nueva etapa.

Fotografìa: ARGRA