Es la única ministra que pudo alcanzar la emancipación definitiva. Dentro de un gabinete recargado de varones, en el que hay que pedirle permiso y coucheo a Marcos Peña antes de aceptar la invitación de los programas con más rating, Patricia Bullrich consiguió un nivel de autonomía sorprendente. Se la concedió directamente Mauricio Macri. Y al súper-ministro Peña, para quien Bullrich es embajadora del pasado político, no le quedó otra que aceptar a regañadientes.
La independencia de Bullrich llega al punto de que su ministerio es una suerte de principado, un poco ajeno a las leyes y controles obsesivos del equipo de Peña. Así, la seguridad macrista quedó tercerizada en manos de una ex militante del peronismo revolucionario.
Guiada por la fe de su conversión biográfica, la Piba empuja a Cambiemos en bloque. Lo lleva hacia un ensayo punitivista con final abierto. El intento de cambio cultural del gobierno encierra todos los riesgos que marcan la historia argentina respecto de las fuerzas de seguridad. Y a su vez entra en la dinámica del ensayo y error con la que muchas veces actúa Cambiemos.
“El gatillo fácil es cuando un policía sale, agarra un chico por la calle, no le gusta la cara, le mete un tiro y lo mata. Un policía que está protegiendo a la ciudadanía, a una persona a la que acaban de meterle diez puñaladas, y que corre a un ladrón para proteger al resto de la ciudadanía, eso no es gatillo fácil. Es sentido común”, se ataja Bullrich. Busca evitar que la acusen de ejercer la mano dura. Pero tampoco hace demasiado esfuerzo por eludir ese mote. A diferencia de otros funcionarios, como el ministro de Seguridad porteño Martín Ocampo, a la Piba no le interesa seducir el voto progre. A los 61 años, sabe perfectamente que ya no lo logrará.
La oposición la repudia. Y dentro de Cambiemos abunda el fuego amigo en su contra (aunque siempre en off), gracias a su condición de outsider del PRO, su perfil alto y su grandilocuencia mediática. El ministro de Justicia, Germán Garavano, la mira de reojo. Y desde la administración bonaerense de María Eugenia Vidal, hubo una bajada de línea oficial: no subirse a la cruzada de Bullrich.
El presidente, sin embargo, le da un apoyo blindado, y ese capital la protege. El resultado de algunos focus group también la apuntala.
Si bien la mano dura no formaba parte del ADN PRO, Macri compró llave en mano el paquete que le ofrecía Bullrich: mensaje corporativo hacia las fuerzas de seguridad, resumido en la promoción de la doctrina Chocobar; discurso anti-chorro; alineamiento y contactos con la agenda estadounidense de lucha contra el narcotráfico y el terrorismo.
Esa es su principal bandera y orgullo, tal como se puede percibir en las redes y el gacetilleo permanente del Ministerio de Seguridad: los operativos contra el narcotráfico, sean de la escala que sean. Ese argumento (y ese marketing) también le juegan a favor en la Casa Rosada. “Volvemos a cooperar inteligentemente con la agenda de los países con los que queremos ser socios, y ya no con Venezuela e Irán. No es un tema ideológico”, asegura un asesor de la ministra.
En febrero pasado, Bullrich y su equipo giraron por Washington, donde visitaron al FBI, la DEA, la Oficina de Seguridad Interior y al Departamento de Estado. Ahí Bullrich anunció que aumentaría la injerencia de la agencia antidrogas. Sin dar detalles, dijo que se avanzó con la creación de una “task force” de la DEA, suerte de base operativa, cerca de la Triple Frontera. Ahí, sobre el cruce mítico entre Argentina, Brasil y Paraguay, la Piba quiere que haya más agentes fijos para controlar posibles focos de narcotráfico y terrorismo. Un despliegue parecido ya existe en la provincia de Salta.
Organizaciones sociales y de derechos humanos repudiaron esa apuesta. Un funcionario macrista del área de seguridad también desconfía del plan, aunque por otros motivos: “a Patricia le gustan demasiado los micrófonos. Una cosa así, que en parte ya existe, no se anuncia por los medios”.
Dentro de su ministerio, una figura clave es Gonzalo Cané, el secretario de Cooperación con los Poderes Judiciales, Ministerios Públicos y Legislaturas. Asesor informal de Bullrich desde sus tiempos como secretario letrado de la Corte Suprema, Cané se convirtió en los ojos, la voz y el cerebro judicial de la ministra. En la práctica, es el embajador directo de Bullrich ante los jueces que manejan causas sensibles para su ministerio, como el desalojo que terminaría en el asesinato de Rafael Nahuel.
Si bien bajó un poco el perfil en las últimas semanas, Patricia Bullrich seguirá cumpliendo su rol de policía mala del gobierno. Es su garante del orden, del cambio cultural y de la gobernabilidad callejera, aunque sea a garrotazos.