Cuando en diciembre de 1983 Charly García presentó en el Luna Park “Clics modernos”, en un momento le habló al público con una sinceridad que abrió un tajo en el aire. Se puede ver, está en youtube el concierto completo. En el minuto 22 dice Charly: “El fútbol es como el rock pero peor”. Sigue: “La gente se mata, cuchillos… estamos en democracia, que es lo que más quieren. ¿Qué más quieren? No sé, ¿qué quieren? (se lleva la mano a la oreja en gesto de oír) ¿Ustedes saben qué quieren? Díganme si saben qué quieren.” La pregunta rebota en el público y explota en él: ¿qué se hace con la libertad? ¿Era la libertad todo lo que querían? ¿Charly sabía qué hacer con ella? Una cosa era segura: García entendía que el valor de haber ayudado con canciones indestructibles a hacer cenizas el viejo régimen militar lo ponía de cara al futuro, no de cara a los muertos del pasado reciente. A Charly le gusta la democracia, la libertad, y lo aburren las ceremonias de revivir un pasado pisado en el que combatió. García celebra y a la vez ironiza sobre la cultura de la transición. En “Clics modernos” es constante esa “ambigüedad”, y tal vez esa ambigüedad sea simplemente… el pop. Nace el pop. En una revista Gente de enero de 1984 aparece contando sus vacaciones en Punta del Este. García en la bicicleta de Stranger things recorre la costa este, es el verano del amor. ¡Volvieron los civiles!.
Como los soldados de Perón, los putos y faloperos también estuvieron en el campo de batalla. El rock expresó, sin heroísmo y con altura, puntos de vista de la mutación de la sociedad en ese experimento monstruoso llamado “Proceso de Reorganización Nacional”. García junto a un Asís, María Elena Walsh, Piglia, Aristarain, o las revistas Humor y Expreso Imaginario, por nombrar un poco al voleo, enunció un estado de disidencia hacia la dictadura, una distancia irónica, una cultura de la “sociedad civil”, no exactamente una “militancia”, aunque también tejiera sus vínculos con lo político. El disco de Serú Girán “La grasa de las capitales” es un documento contra la “civilización” insertada con fórceps, cuando la dictadura atenúa su represión y comienza a esbozar la “vida” que imagina para la sociedad argentina: de casa al mercado, del mercado a casa. No es solo una denuncia a la represión, sino al estado mental de una juventud vaciada de experiencia histórica. Pero a la vez, la aceptación social tras la derrota de quienes quisieron hacer la revolución, de una vida madura y de consumo, republicana y disciplinada a picana limpia, con su farándula, su diversión, la importación de chucherías electrónicas, esa tensión hacia una mayor secularización que tenía la misma dictadura (en una interna que enfrentaba a “liberales” contra un sector más “integrista”), eso que expresó a su modo el gobierno corto de Viola, un militar igual de criminal que el resto pero que se presentaba como más “dialoguista”, de civil, conversador, y al que Galtieri luego desplaza para volver a las “fuentes del Proceso”, quiero decir: sobre esos mismos intersticios también comienza a supurar la posibilidad de 1983. Como si la sociedad dijera: si estamos maduros para la economía de mercado, estamos maduros para que unos militares no nos manden.
Alfonsín expresaba ambos deseos: el de documentar la barbarie estatal, ese agujero negro, el desfonde moral de la Argentina bajo la dictadura, a la vez que el futuro de una tecnocracia civil que reconociera las condiciones de la época pero bajo el imperio de la ley, una Constitución casi bíblica cuyo Preámbulo conformaba el rezo laico de las familias argentinas. Por supuesto que Alfonsín fue mucho más que pura “continuidad” y pagó el precio por eso. Pensemos un nombre: Grinspun. Tuvo coraje en muchos órdenes, y el consenso alrededor de su figura nos esgrime de sobreactuar su defensa. Pero me interesa en este nuevo recuerdo de aquel golpe de estado, volver más sobre la “desembocadura” de esa dictadura ahora llamada “cívico-militar”. Sigamos.
Los dos bigotes del 83 (Charly y Alfonsín) coronan una Argentina: la clase media toma el poder. ¿Era la “cría del Proceso” y el fruto de un desclasamiento definitivo en la política argentina? La victoria de Alfonsín es transversal, se hace con votos radicales y también con un tipo de voto radical al modo peronista: nunca hice política, pero voté a un radical.
Los efectos críticos de la economía en la base obrera sumados a las desapariciones, el encarcelamiento o complicidad de los sindicalismos diversos, más el recuerdo vivo de que la “interna peronista” parecía haber sido el prólogo de la “larga noche”, sellaron lo que Alfonsín tramó en su campaña: votar contra el pacto sindical-militar, formulado como una metáfora perfecta del pasado corporativo. Nace la democracia versus el autoritarismo. El ciudadano versus las corporaciones. Y en esa fosa imaginaria cae todo: desde el uniforme militar hasta la campera de cuero negra sindical.
Ni Fogwill en sus ensayos ni Claudio Uriarte en su monumental libro “Almirante Cero” dijeron mejor lo que dijo el mismo Massera en su alegato del juicio a las Juntas a los jueces de la Cámara: ustedes me juzgan desde ese estrado porque ganamos nosotros. El juicio a las Juntas tiene una carga simbólica tan potente que hasta admite esa lectura en el medio, en el lodazal donde Massera se hundía mientras se iban conociendo los “detalles” de la ESMA. Pero en pleno “alumbramiento” de esa verdad pública, cuando el campo de batalla fue el cuerpo del torturado, un Massera de uniforme entiende una paradoja porque además no abandona el lugar de vencedor: la “guerra” que ganaron tuvo escenarios indecibles (sótanos, medianoche, etc.), pero la “guerra” que ganaron -mastica Massera- es la que hace posible estos mismos juicios. Habla como un tío demoníaco de la democracia. ¿Qué poder tenía ese hombre vencido y enjuiciado? El poder de quien hizo algo irreversible. Para Massera incluso el juicio contra él era una ceremonia de continuidad en el orden. Claudio Uriarte, quien mejor escribió sobre Massera, en esa especie de Facundo que es “Almirante cero”, también lo dice: antiguos guerrilleros vueltos del exilio conmovidos en el recitado del Preámbulo de la Constitución. Los marxistas críticos que se hacían socialdemócratas, recordaba Beatriz Sarlo de sus lecturas de la revista “El viejo topo”, las que le mandaba un viejo amigo librero desde el exilio español. La tarea necesaria de derribar el Partido Militar encuentra en esa misma caída definitiva (según razona Massera, Uriarte y Fogwill) la consumación del Proceso: un presidente que recita el Preámbulo. Pero hoy lo podemos decir: esa circularidad es una foto. La película continúa.
Alfonsín decía que no lo iban a votar los obreros pero sí sus mujeres. Lenta despedida del voto clasista hacia el voto ciudadano: el fin de la vieja Argentina industrial, sindical y militar desplazaba el lugar de decisión del voto democrático. De la fábrica a la casa. Los pobres o los obreros son más votantes que sujetos. De discutir con el delegado el voto, a discutirlo con la pareja. Y a la vez, la clase media, con sus capas de complicidad, prudencia, resistencia o disidencia, y lo que destila Halperín Donghi y siempre recuerda el historiador Javier Trímboli: que la dictadura había alcanzado otro umbral de terror porque se había cobrado vidas en las filas de esa misma clase media. La represión fue policlasista. La cultura de la transición/destape corroe y cristaliza que del otro lado quedarán las representaciones de una Argentina morena y oscura, plebeya y/o autoritaria. Hay Puenzo pero no hay Favio en las imágenes del cine oficial de esa primavera.
Alfonsín en 1983 fue un mensaje de descendencia: el triunfo y una hegemonía para el orden democrático. No es el triunfo estricto de una “nueva mayoría radical”, pero sí la consagración simbólica de un ideal social que colocó a la clase media como promedio de la cultura, la modernidad, el consumo y la ciudadanía. Selló que era lo que “derrotaba” a los militares. La plaza ya no será solo de los que ponen las patas en la fuente. Vuelven los mocasines, 1983 marca el peso simbólico de esa “vuelta”. Si aquel 45 significó el ingreso irreversible de la clase obrera a la política moderna, el 83 impregna en el triunfo otra posición dominante: la de la clase media. Aquel espíritu alfonsinista coloco muy en primer plano lo militar, lo castrense, e incluso lo eclesial como símbolo de la dictadura, una especie de dictadura con cotillón rosista, y se tardó años en reponer en el juicio lo otro que significaba la dictadura, los aspectos de complicidad cívica – económica, tan centrales para explicar 1976. El triunfo de Alfonsín contra Luder, contra el “pacto sindical-militar”, contra Herminio Iglesias, funda el principio de un hecho que en estos años se volvería central: la clase media como hecho maldito del país peronista. Y a la vez cierto ocaso del pueblo imaginario que le debería haber respondido al gran Charly en aquel Luna del 83: y ahora queremos la igualdad.