El estado de situación de la industria de la indumentaria y textil en la Argentina es actualmente, y desde hace ya mucho tiempo, bastante grave: está signado fuertemente por la explotación laboral, la trata de personas, el trabajo esclavo, el trabajo infantil, entre otras expresiones de informalidad laboral. La Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI) sostiene que el trabajo informal es uno de los principales problemas del sector: el 78% de la industria produce en la ilegalidad. Además, y como consecuencia de estas situaciones, las condiciones de salubridad e higiene resultan absolutamente deficientes.
Muchas personas forman parte de este triste panorama, debido a los altos niveles de desocupación que las obligan a formar parte de estos entramados de explotación. Pero la mayoría de las veces, quienes caen en estas redes son mujeres, ya que el acceso al mundo laboral es aún más dificultoso y desigual para ellas.
Sin embargo, en muchos barrios populares, los trabajos de costura se convierten no solo en una forma de generar un ingreso extra desde el hogar (en las casas donde hay una máquina de coser, por ejemplo), sino también en un espacio donde las mujeres se encuentran e intercambian experiencias y visiones del mundo. Sea desde el propio hogar, o juntándose en la casa de alguna vecina, la costura muchas veces se transforma en un proyecto de desarrollo autogestivo a través del cual las mujeres construyen su identidad.
“No todas las mujeres saben hacer bien un trabajo de arreglo de ropa. Es un saber especial que se transmite de generación en generación, y entre las mujeres. Los hombres son muy brutos para hacer esto”, dice Nora de Dock Sud. Sus cuatro hijas aprendieron el oficio, pero solo una la ayuda regularmente con los pedidos que llegan. “Por las dudas les enseñé a todas. Así saben algo más que limpiar el piso”.
Según datos de una encuesta realizada por el Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (ISEPCI) para Tercer Cordón, el principal rubro en que se busca trabajo en los barrios populares del Conurbano bonaerense es la Limpieza.
Muchas de las mujeres que viven barrios pobres deben hacer varias “changas” para ir juntando “el mango”. Pero la mayoría de las que hacen costura no la consideran una changa, sino un oficio ancestral femenino y un trabajo digno, a pesar de las condiciones de informalidad en las que se lleva a cabo la mayoría de las veces.
En el sector textil argentino el 70% de los trabajadores de la confección trabaja en la informalidad (se estima que en la Ciudad de Buenos Aires existen al menos unos 5.000 talleres clandestinos, en los que trabajan unos 30.000 costureras y costureros; y en la Provincia de Buenos Aires unos 15.000). Son 112 las marcas de ropa que han sido denunciadas por la organización La Alameda por esclavitud y trata en el país, con trabajadores procedentes en su mayoría de las provincias del Norte y de países limítrofes, como Bolivia, Paraguay y Perú.
“Si hago arreglos de ropa desde mi casa es porque prefiero estar tranquila, trabajando para mis vecinos, que trabajar como una esclava en un taller donde me paguen dos mangos. Además, en muchas de las casas donde limpio también me piden trabajos de ropa y con eso voy sumando”. Daniela de Villa Tesei tiene 46 años y toda su vida adulta se dedicó a trabajos domésticos. Pero afirma que también le gusta hacer costura porque en su casa se juntan varias vecinas a hacer diferentes manualidades: además de la costura, hay tejidos, macramé y una vecina hasta hace sandalias con diferentes materiales. “Supuestamente nos juntamos para compartir conocimientos sobre la manualidad que hace la otra, pero la verdad es que nos pasamos toda la tarde tomando mate y chusmeando. Hablando de las cosas que con tu marido no hablas, digamos”, agrega Daniela.
Al buscar experiencias de mayor grado de organización, se puede observar que muchas mujeres costureras trabajan en cooperativas dedicadas a este tipo de trabajos. Muchas de estas cooperativas rescatan la importancia del trabajo digno. Y los vínculos entre estas mujeres resulta incluso más fuerte debido a que deben cumplir un horario y compartir un espacio de manera sostenida en el tiempo.
Según Nora Cervantes, diseñadora y directora de una de estas cooperativas (Mandarinas), “hay un componente reivindicativo de género: mujeres que se organizan y crean ropa para otras mujeres”. Nora no proviene del barrio, pero las costureras la respetan como si fuera una más y la ven como una referente.
“Mandarinas pretende rescatar la impronta, la fuerza y el lugar que ocupan las mujeres como sujetos sociales. Nuestras cooperativas están integradas por muchas mujeres que durante la crisis del 2001 se pusieron al frente de sus hogares, abrieron sus casas y montaron merenderos, ollas populares, centros educativos. Y que hoy mediante este proyecto buscan seguir sosteniendo una salida laboral que las dignifique y valorice su importante rol social”, agrega Nora.
El protagonismo social de las mujeres ha evolucionado a lo largo de la historia para abarcar la representación política y su inserción en el mercado laboral, entre otros avances. Sin embargo, seguimos accediendo al trabajo de manera desigual con respecto a los hombres.
Las mujeres hemos estado destinadas históricamente, producto de la desigualdad existente entre hombres y mujeres, a roles sociales relacionados con la esfera privada; y a pesar de los avances de las mujeres en diversos ámbitos, la desigualdad de género en la participación laboral y en la percepción de igual salario por igual trabajo, son factores que perduran.
La costura es un ejemplo de estos oficios destinados a las mujeres: en el interior del hogar, muchas trabajan haciendo arreglos de ropa. Pero en el barrio, seguramente por la cercanía entre las casas, las vecinas muchas veces se juntan y generan espacios de intercambio. Existe allí una posibilidad en la construcción de lazos que tal vez no podríamos encontrar tan fácilmente en otros sectores sociales.
“Se podría inventar, en esos espacios de exclusión y de marginalidad, caminos nuevos de la vida y de gestión de la vida, donde el estilo de gestión de las mujeres podría tener un papel”, nos decía la antropóloga Rita Segato en una entrevista concedida a Tercer Cordón. La construcción de lazos que se da en este tiempo entre costuras, puede ser entonces entendida como la persecución y construcción de una identidad común. Entendemos aquí a la identificación como un proceso nunca acabado. Desde la perspectiva de los estudios culturales, comenzó a habilitarse el abordaje de las identidades por fuera de las concepciones tradicionales que la entienden como cerradas y estáticas. Por el contrario, consideramos que, en la medida en que los sujetos se vinculan en la vida cotidiana, van constituyendo identidades provisorias.
En el tiempo entre costuras, estas mujeres se reencuentran con sus pares, trazan algunos elementos disruptivos en sus vidas cotidianas (como poder tener las conversaciones que no pueden tener en sus casas) y le encuentran un valor agregado a lo que hacen.
Sin lugar a dudas, las mujeres costureras de los barrios populares tienen todas algo en común: son sobrevivientes de una realidad social difícil, caracterizada por una problemática extendida para encontrar trabajo. Poseen trayectorias de vida similares, y han sido privadas, en su mayoría, de los mismos bienes materiales, culturales y simbólicos.
Y sin embargo, observamos que en torno a las experiencias autogestivas laborales de mujeres, como es el caso de la costura, pueden constituirse elementos de resistencia y de transformación dentro de un mundo laboral desigual.
Foto: Giuliana Padilla