El cine de Pablo Trapero es una expresión genuina de la geografía en la que nació y de las personas que se fue cruzando en el camino. Con San Justo escrito en su DNI, Trapero se desliza por el conurbano como aquel lugareño que conoce bien la tierra que va pisando. Las imágenes que proyecta su cámara se pueblan de personajes, como El Rulo de Mundo Grúa o El Zapa de El Bonaerense, víctimas de una sociedad atravesada por injusticias y desigualdad. Seres anónimos que al realizador le resultan familiares de toda la vida. O cómo los describe el propio padre de las criaturas, “Personajes heroicos metidos en mundos cotidianos. Tipos comunes y corrientes que se ponen por arriba de sus vidas cotidianas, que las convierten en existencias heroicas. A veces la hazaña consiste en que consiguieron dónde pasar la noche”. Con Carancho, policial negro rodado en 2010, Trapero continuó por el mismo sendero, el de contar historias de personas a las que la vida no les hace ningún favor, pero esta vez con epicentro en los hospitales públicos y los accidentes callejeros.
Morón, Almirante o Laferrere. “¿De qué cuadro sos? ¿Sos de Morón, sos de Almirante o de Lafe?” Le preguntan con modos poco amables a Sosa, mientras le aplican un par de cortitos a lo Martín Karadagián. En esas latitudes es inevitable ser hincha de alguno de esos clubes. Estamos en La Matanza e inmediaciones y Sosa, el personaje de Ricardo Darín, es un abogado de esos que lucran con las desgracias ajenas. En la peli los llaman caranchos. Podrían ser cuervos o cualquier ave de rapiña. Merodean los accidentes de tránsito buscando su recompensa: el cobro de un seguro y su debido porcentaje por la gestión. Pero Sosa es más que eso. En su paso cotidiano por los hospitales de la zona encuentra a Luján, la médica de la ambulancia, que como él, subsiste en una atmósfera de guerra. Guardias atestadas de gente. Precariedad hospitalaria en la que faltan insumos y sobra coraje, como el de los trabajadores de la salud y el de los enfermos. O en el caso de Carancho, el de los accidentados. El Posadas, como en la vida real, luce en el film de Trapero frágil, insuficiente frente a tantos requerimientos. “El Posadas es una mole enorme instalada en el corazón de la zona Oeste. Representa estos fenómenos que se dan en los hospitales del Gran Buenos Aires, que tienen que alojar cantidades descomunales de gente y apenas si pueden hacerlo”, ilustra el director.
Amor en el medio de la guerra. Entre tanta precariedad, tantas urgencias, surge el amor. Sosa y Luján se encapsulan en un romance que funciona muy bien como escudo protector frente a la adversidad. Desfilan los pacientes, por el Posadas, por el hospital de González Catán, en los que se ve la indiferencia, la dificultad de los que no tienen como pagar por su salud. Una porción enorme del profundo conurbano en el que ganan las miserias. Como la de la burocracia enquistada. O la del entramado de negocios pergeñados entre justicia, policía y funcionarios. En ese universo de hostilidad, que se enfrenta como se puede, médicos, camilleros y enfermeras, recurren a las drogas como vía de escape momentáneo. Todo eso nos cuenta Carancho. Pero el film también narra sobre los vínculos entrañables que se arman entre médicos y pacientes, como esa fiesta de 15 a la que Luján acude con Sosa, su nuevo amor. Un Sosa que inventa accidentes, que juega con fuego, – como lo demuestra su vínculo con esa asociación mafiosa llamada “la fundación”, que vive del negocio de los siniestros viales- y que por ello se lleva un par de chamuscones. Pero como suele suceder con los antihéroes, encuentra su redención en el amor.
Hospitales del conurbano, sálvese quien pueda. Esos monstruos gigantes a los que acuden en masa aquellos que no pueden pagar las clínicas privadas son un testigo privilegiado del mosaico que conforma todo el Gran Buenos Aires. En un rápido paneo podemos ver en ellos la pobreza y la marginación; la violencia y la delincuencia; la dolorosa ausencia del Estado, todo en el mismo combo. Sin embargo, si ajustamos la mira, también florecen en ellos la solidaridad entre los que sufren, la paciencia eterna de los desposeídos y sobre todo, la gran predisposición de el grupo de trabajadores de la salud frente a la falta de insumos y los magros salarios. Martina Gusmán, Luján en Carancho, lo explica así: “Lo que ves en hospitales como el de González Catán es que su corazón es el alma y la pasión que ponen sus médicos por su trabajo en medio de las dificultades materiales. Hacen mucho con muy poco y sí, ahora yo también tengo el humor negro más grande, que es el que vi en ellos: la única forma de enfrentar estar situaciones de emergencia.”. Trapero con su film se apodera de una porción de realidad que duele. Es una pintura fiel de una salud pública que se cae a cachos y del lucro miserable de los siniestros viales. Todas situaciones explicables desde la razón y que de ninguna manera son producto de un “accidente”.
Entrevistas extraídas de:
https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-6116-2010-05-02.html
Para ver la película en youtube:
https://www.youtube.com/watch?v=C30DZz_6m9M