David sabe que ella va a aparecer en la madrugada. Cuando el cemento de la Panamericana late más suave y expulsa el calor que lo hizo hervir durante el día, a David se le da por pensar. Encargado del mantenimiento de una autopista por la que circulan más de 500 mil autos por día, está obligado a trabajar cuando la mayoría de la gente duerme. Y en esas horas, entre tarea y tarea, sobre los pensamientos aparece la culpa y lo sacude como un taladro perforador al pavimento.
“Con este problema cada noche tengo la cabeza a 2 mil por hora. Pienso en el tiempo que no estuve con ellos, ¿qué les voy a decir, que no me pude recibir?”. Ellos son los cuatro hijos y su mujer, Estefy. El que habla, David, es uno de los 1200 estudiantes perjudicados por el intento de cierre de las únicas cinco escuelas técnicas de vialidad que tiene el país. Son 300 los docentes de secundario y terciario que desde enero no cobran el sueldo. Con el agravante de que la carrera de técnico en obras viales que se dicta en el nivel superior solo existe en estas cinco escuelas. Su cierre supone que los que estaban por recibirse tienen que empezar otra cosa, desde cero. Algo que David, sus compañeros y los docentes no quieren permitir: por eso dan pelea y llenan las aulas todos los días. Sin la certeza de que servirán oficialmente los parciales que rinden. Con la certeza de que la única lucha que se pierde es la que se abandona.
A sus 34 años, el único título que tiene David es el secundario. Todo lo que aprendió después se lo enseñaron los ingenieros con los que trabajó en las obras. Así se fue abriendo camino hasta convertirse en técnico laboratorista, un conocimiento que aprendió en la práctica y que desde el año pasado quiso llenar con teoría estudiando en la Escuela de Vialidad Nº 1, de Mataderos. “Entro a las seis de la tarde y salgo diez y media. De ahí me voy a laburar hasta las siete de la mañana. Llego a casa, llevo a los chicos al colegio porque es el único momento en que los puedo ver, duermo unas horas y entre el estudio y otras cosas que surgen ya tengo que arrancar de nuevo”. Así describe David un día normal de su vida. Reflejo de un esfuerzo que hacen él y sus compañeros (la mayoría también estudia y trabaja) y que a un Gobierno que no tiene a la educación pública entre sus prioridades pareciera no importarle.
Uno de los pilares de la resistencia en Mataderos es el docente Gabriel Folgar. Titular de la materia de pavimento, primero pisó la escuela como estudiante, en 2009, y después volvió para enseñar. “Yo creo que la escuela se puede salvar con los alumnos adentro, si está llena. Por eso sigo viniendo aunque no me paguen. Mi motor es creer en la escuela, en los alumnos, en lo que se enseña. Yo me siento en deuda, acá me recibí sin poner un peso. Y voy a seguir viniendo hasta el día que no nos dejen entrar más”, dice, convencido de que con las acciones legales que ya iniciaron, las manifestaciones y las clases funcionando pueden lograr que el Gobierno dé marcha atrás.
No es la primera vez que las escuelas de vialidad sufren un intento de cierre. Fundadas en 1945, fueron creciendo año a año, al ritmo de las nuevas rutas del país. A la de Buenos Aires se sumaron la de Tucumán, Chubut, Santa Cruz y Santa Fe, hasta que en 1976 la Dictadura Cívico Militar decidió cerrarlas. La parálisis duró casi tres décadas y el 28 de marzo de 2005 se impulsó la reapertura a partir de un convenio con la Universidad Tecnológica Nacional.
“Esto que se estudia acá no se ve en otro lado. Por eso nuestros egresados tienen tanto trabajo. El año pasado llegó una búsqueda laboral para una importante empresa vial y no pudimos conseguir ningún chico egresado porque estaban todos con trabajo”, cuenta Gabriel. Ni él ni sus compañeros entienden la contradicción entre los anuncios que hace Nación sobre futuras obras de rutas en el país y el cierre de las escuelas que forman a los profesionales que las construirán.
Alexis, que comparte el segundo año con David, piensa que van a salir adelante por más que les digan que no. Es que a la escuela todavía no le llegó el aviso formal de cierre de las carreras que ya estaban iniciadas, pero está claro que sin docentes no puede funcionar. “Nos están desgastando. Es complicado llegar y no saber con qué te vas a encontrar, si va a estar abierta. Pero el grupo que se armó es muy unido y vamos a seguir dando pelea”, dice. Con 29 años, hace uno que Alexis todos los días sale a la tarde y vuelve a la madrugada por el viaje que tiene desde su casa de Glew a Mataderos. Cuatro horas entre la ida y la vuelta. Lo que se tarda en llegar a Mar del Plata. Eso viaja para estudiar. Eso hace ahora para resistir.
El viaje de Carlos es menor: llegar desde la Tablada es fácil y le lleva poco tiempo. Lo difícil fue ponerse a estudiar a sus 54 años, pero lo lleva bien. “El primer año metí casi el 70% de las materias”, dice con un entusiasmo que disimula el cansancio que desnudan sus ojeras pronunciadas. Remisero de día y estudiante de noche, Carlos llegó a la escuela para inscribir a su hijo mayor, Alex. “Lo veía desorientado, sin saber qué hacer, y me vine a averiguarle. Y al final se terminó anotando en la UBA, pero a mí me gustó la carrera, vi una posibilidad de progreso y me arriesgué”, dice y suma una nueva historia a la lista de vidas que se cerrarían si se deja caer a las escuelas.
El caso de Hugo es el más complicado de todos. “Hola, me opero el miércoles a las 2 de la tarde. Me despido de vos por las dudas. Mil gracias por todo, fuiste y serás una amiga y compañera de diez”. El mensaje que recibió en el celular le cayó como un mazazo a María del Carmen Burgos, la delegada adjunta de ATE en Vialidad. “Hugo se ocupa cada día del mantenimiento y la limpieza de nuestra escuela, es muy trabajador, buena gente, humilde y callado. Lamentablemente tiene un tumor en la cabeza, sigue delicado tras la operación y esta administración a cargo de Javier Iguacel lo dejó sin trabajo, sin pagarle los sueldos adeudados y con el serio riesgo de perder la obra social”, dice con una bronca que ebulle en cada frase. Una bronca que nace cuando a la fría planilla de Excel donde el Gobierno planifica los recortes se le ponen caras, historias, vidas. Una bronca que hoy sirve de motor para que todavía esta pelea no se dé por perdida.