Los comedores comunitarios no dan abasto, y en los barrios el hambre se combate con cenas de pan y mate cocido. Los precios suben y los salarios apenas se mueven. Los excluidos siguen siendo excluidos. Los pocos pesos que puedan juntar, determinan el derecho a la alimentación de cada familia. En el medio, la mitad de los niños y niñas sufren malnutrición; y cada vez son más las personas que buscan su comida diaria revolviendo bolsas de basura en un predio colapsado. Una radiografía de la ciudad no tan feliz, que duele.
Se sentó con uno de sus alumnos de primer año de la secundaria en la cocina de una escuela de Batán, una localidad distante a unos 10 kilómetros de Mar del Plata. Le sirvió yogur con cereales; también le convidó unos sánguches. Hablaban de fútbol y de cualquier cosa intrascendente cuando le preguntó si había desayunado, sabiendo que la respuesta sería que no. Luego consultó si había cenado la noche anterior, y el pequeño se excusó diciendo que se le había hecho tarde. Le preguntó si había comido, sin referir horario alguno, y el niño se echó a llorar. “Se largó a llorar de hambre”, relató el profesor en un grupo de WhatsApp de docentes. “Se largó a llorar con una tristeza que no me la voy a borrar hasta que me muera. En los 90 me tocó laburar en la periferia, tercer cordón que le dicen, y más de uno estaba igual, se mareaban de hambre”, dijo en parte de su relato.
A cuatro o cinco kilómetros de la escuela, cada martes y jueves, vecinos y vecinas de Batán acuden al comedor Alma Mía del barrio La Serranita para llevarse un táper o un bol con polenta, guiso con alitas de pollo, canelones, pizzetas, salchichas con puré. Antes eran niños y niñas quienes acudían a sentarse a la mesa y comer su plato de comida en los comedores. De un tiempo a esta parte, los adultos dejaron de lado la vergüenza y se entregan viandas para familias que tratan de estirar todo lo que pueden los pesos que nunca alcanzan a fin de mes; familias que esperan especialmente ese día para llevar la comida a sus mesas. Los sábados, al ritmo de la murga, se prepara chocolatada caliente y se cocinan budines y tortas para la merienda de los más pequeños.
“Hay más gente que se quiere sumar, pero no damos abasto”, comenta Yésica, quien convirtió su vivienda en cocina comunitaria. “La olla nos queda chica”, se lamenta Nazarena, quien oficia de cocinera y -aseguran sus compañeras- prepara las polentas más ricas, a pesar de los productos de mala calidad que destina el Estado para los sectores más humildes. En el último mes pasaron de preparar 56 a 91 porciones de comida. La realidad se repite en otros comedores: son otros barrios, pero cruzados de igual forma por la falta de oportunidades y el desamparo estatal, la pobreza que molesta y se niega o criminaliza. Familias atravesadas por la falta de trabajo y la desesperación de no tener con qué preparar una cena, que muchas veces se reemplaza por un poco de pan y un mate cocido caliente. El derecho a la alimentación de esas familias se reduce a los alimentos que puedan comprar con los pesos que logren juntar.
Los datos fríos del Indec hablan de 23,4% de pobreza en Mar del Plata y Batán, y un 2,1% de hogares sumergidos en la indigencia. Son 147.484 personas que no llegan a satisfacer las necesidades básicas de bienes y servicios necesarios para el día a día; y 14.239 personas de 4.822 hogares que no tienen garantizada siquiera la alimentación mínima.
Para el organismo, una familia de cinco personas para no caer en la indigencia debe juntar al menos 6.988,44 pesos para destinar a su alimentación, sin contemplar los gastos que genera la cotidianidad de cualquier familia. Si los ingresos son de siete mil pesos, por ejemplo, para las estadísticas ya no son considerados indigentes. Sin embargo, son familias que deben subsistir con 233 pesos por día.
Ante esto, ¿qué tipo de alimentación se garantiza en los sectores más vulnerados? “Cuando analizamos el costo de las mil calorías, vemos que los productos más baratos -aquellos que consumen los pobres- son ricos en hidratos de carbono o grasas, mientras que los productos más caros -consumidos por los sectores de mayores ingresos- son ricos en proteínas, vitaminas y minerales. Es decir, el mercado ofrece energía barata y micronutrientes caros”, sostiene Patricia Aguirre en un pasaje de su libro “Población y bienestar en la Argentina”. ¿Qué rol juega el Estado ante estas reglas del mercado? Casi nulo. La organización y solidaridad comunitaria emergen como salida para tantas familias que no tienen la posibilidad de un plato de comida diario.
La falta de acceso a los alimentos redunda en malnutrición. Los estudios en territorio local marcan que cerca de la mitad de los niños y niñas de General Pueyrredón no están bien nutridos. El último informe dado a conocer por el Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (Isepci), del segundo semestre del 2017, arrojó que el 51,2% de los más de mil niños y niñas de entre 2 y 19 años relevados en distintos comedores comunitarios, se encuentran en alguna de las variantes de malnutrición: hay una preeminencia de los indicadores por exceso, sobrepeso 26% y obesidad 23%; mientras un 2% presentó un índice de bajo peso. La comparación con el semestre anterior indicó un crecimiento de la malnutrición de casi el 8%.
”Se pone en evidencia la preocupante vulnerabilidad nutricional en la que se encuentra un conjunto de niños/as y adolescentes, que hoy estarían siendo afectados por una alimentación inadecuada para su edad: la presencia de malnutrición en cualquiera de sus variantes, ya sea por bajo peso o sobrepeso, limita su crecimiento y desarrollo integral tanto físico como psicosocial, deteriorando su calidad de vida, abriendo la puerta a enfermedades en la edad adulta”, advierten desde el Instituto de investigación, que mide el Indicador Barrial de Situación Nutricional, y es coordinado en Mar del Plata por el abogado Rodrigo Blanco.
La misma línea de resultados presentó el Estudio Nutricional Antropométrico, Bioquímico e Ingesta alimentaria, realizado por profesionales del Hospital Interzonal Especializado Materno Infantil (HIEMI), en convenio con las áreas de salud y educación provinciales y municipales. Allí, se detectó que el 42,9% de casi 1300 niños y niñas escolarizados de entre 6 a 14 años, presentó exceso de peso y el 18,5, obesidad.
La diferencia con el estudio del Isepci es que los niños, niñas y adolescentes medidos fueron elegidos de manera aleatoria en 22 escuelas públicas y privadas del Partido, mientras que el Instituto basó su estudio en una franja etaria más amplia y se centró en merenderos y comedores que el movimiento social Barrios de Pie tiene en diferentes barrios en situación de alta vulnerabilidad socio-sanitaria.
De cualquier forma, el diagnóstico es similar. Los médicos y médicas que rubricaron el estudio, señalaron que “la baja ingesta de fibras y elevada de grasas, y los niveles altos de colesterol y triglicéridos en sangre reflejan que la malnutrición por exceso es un problema de salud pública prevalente” Y sumaron más adelante que “las formas más frecuentes de malnutrición en población infantil son las carencias específicas de micronutrientes, que no pueden diagnosticarse a partir de antropometría. Estas deficiencias afectan el aprendizaje, crecimiento y desarrollo del niño”.
Cuando se traducen los números en historias de vida, entonces puede verse más claramente la violencia del hambre y la malnutrición. La grilla improvisada en un cuaderno indica que este martes se cocina chorizo a la pomarola. Las mujeres que están al frente del comedor Alma Mía hacen malabares con los alimentos que la organización Barrios de Pie consigue que el Estado le otorgue, para generar las viandas más nutritivas y variadas posibles. “Acá en el barrio son familias con muchos chicos, entonces se cocina guiso, que rinde más; hacer una pizza o chorizo a la pomarola es ¡faa, chorizo a la pomarola! Con el tema de talla y peso salió mucha obesidad y sobrepeso, pero es por eso: compramos bolsas de papa, cosas que rindan”, revela Yésica. El pan es casero, para abaratar costos, aunque el precio de la harina, que superó los 20 pesos, pone en conflicto también el alimento base de tantas dietas.
En el comedor Alma Mía se midieron peso y talla de 112 niños y niñas, que serán parte del próximo informe: la mitad tenía algún tipo de malnutrición (bajo peso y riesgo de bajo peso, en menor medida; y sobrepeso y obesidad en mayor porcentaje). La segunda infancia, que va de los 6 a los 10 años, es la que mayores índices presenta: en esa franja la malnutrición asciende al 64,7%. En comparación con el relevamiento anterior, las responsables de la medición mencionaron que los niños y niñas en talla no subieron más de dos centímetros y en peso hubo aumentos de hasta cuatro o cinco kilos.
Yésica cuenta que ella es “de esas personas que de tener todo, pasó a no tener nada”, que se fue de su casa detrás de una persona y se quedó sin nada. “Yo no te comía fideos blancos y terminé comiendo polenta con cebolla rehogada”, lo grafica ella. Cuando habla de hambre se corre del centro y asegura: “Los que más la sufren son los inocentes, los nenes, los chiquitos”.
Fabiola cría siete hijos e hijas. Graciela dos. Ellas son vecinas de La Serranita, y acuden al comedor desde hace un tiempo. Tienen, cada una, una hija y un hijo en edad de lactancia. Apuestan a la leche materna, pero por distintos motivos a veces deben complementar con leche maternizada. No es tarea sencilla: sostienen que no siempre se consigue en los centros de salud y comprarla es demasiado costosa. “A veces te dicen que no llega, que no hay”, coinciden.
El mercado, para más de medio millar de vecinos y vecinas de distintos barrios de Mar del Plata y Batán, no es el almacén de la esquina o el espacio de grandes góndolas y publicidades en tv. Así llaman a los camiones que descargan las bolsas de residuos de esas grandes cadenas, que vienen con alimentos vencidos para la subsistencia.
Ana Vulcano es voluntaria de la Pastoral del Basural, que desde hace cinco años comenzó a trabajar en el interior del predio de disposición final de residuos: primero llevando agua y almuerzo, luego gestionando ayudas sociales y promoviendo talleres que den alternativa de vida. “Lo primero que hicimos fue conversar con ellos para conocer qué les gustaría hacer. Muchos quieren salir de ahí, pero tenés que tener algún recurso, una alternativa de vida”, sostiene.
El hambre y la falta de trabajo llevan a centenares de personas a buscar su alimento diario entre bolsas de basura, y recuperar lo que otros descartan para conseguir algunos pesos que permitan subsistir. La Pastoral garantiza almuerzo, “después comen de la basura”, revela Ana con la crudeza de la realidad.
En los últimos meses el número de personas que asisten al basural se incrementó, muchas obligadas por la crisis del sector pesquero. “Hay muchas mujeres que tienen que ir con sus hijos. Los pibes en el basural están con las madres, ¿qué quieren que hagan, que los dejen abandonados en los barrios? No tendrían que estar ahí, ni las madres, ni los chicos, ni nadie”, interpreta.
Josefina Quintero Fleites es una médica cubana que está por unos meses en Mar del Plata como asesora de la Escuela de Medicina. Es especialista en pediatría y ha dedicado su vida al estudio de la lactancia materna, pero ella, desde la humildad de sus 72 años de vida, cuenta sobre el máster en atención primaria de salud, porque defiende una concepción amplia de la salud como derecho humano.
“La lactancia materna salva vidas. Está implícito que el niño será más saludable, y va a redundar en un desarrollo mejor. Esa leche es un alimento único, tiene no solamente proteínas, azúcares, grasas -mejores que las malas, es una grasa especial que es la primera prevención de la arterosclerosis, es decir del infarto del miocardio y las enfermedades cerebrovasculares-; es también prevención para la diabetes y tiene células vivas que tienen que ver con la inmunidad del niño”, explica ella con tono pausado.
Quizás allí radique una de las explicaciones de por qué entre los lactantes, el índice de malnutrición es menor respecto a los niños, niñas y adolescentes de más de dos años. De acuerdo al informe del Isepci, de un total de 133 lactantes relevados, el 33,1% presentó malnutrición, con indicadores antropométricos que dan cuenta que estos/as niños/as estarían recibiendo una alimentación inadecuada: por déficit 3,8% de bajo peso, mientras que los indicadores por exceso presentan un 12,8% de sobrepeso y 16,5% de obesidad. También aparece un 23,3% de niños/as que presentan baja talla para su edad.
Ahora bien: la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, realizada por el Ministerio de Salud de la Nación, arrojó que si bien el 95% de los y las bebés inician la lactancia materna, el número desciende progresivamente desde los seis meses, y llega solo al 28% cuando cumplen los dos años.
Esto implica la necesidad de complementar con leche maternizada, que tiene elevados costos para los sectores más humildes, y no suele brindarse en las salas de salud. Muchas veces se recurre entonces a la leche de vaca. Al respecto, Josefina señaló: “La leche de vaca tiene la proteína más alergizante que hay. Es la que más alergia produce en el niño, en la piel, alergias intestinales diarreicas agudas”. Esto se potencia, dijo, “por factores sociales, económicos, de miseria y de pobreza”.
“El hambre es casi sinónimo de pobreza. La naturaleza como tal, garantiza que no haya hambre, pero nosotros, los hombres, somos los que –a través de las desigualdades, de la injusticia social- no podemos garantizar la comida para todos. Se ha perdido el humanismo, la solidaridad, porque nadie debería tener hambre, porque nadie debería desperdiciar una ración de comida”, interpretó Josefina Quintero Fleites.
“Para mí el hambre es cuando ves a una criatura mal, y ves que la familia por ahí no tiene para darle ni un vaso de leche; o criaturas que en las quintas las ves juntando chauchas o zapallitos o sacando pasto y a la noche un té y a la cama”, lo describió Nazarena, la cocinera del comedor Alma Mía.
Esta inseguridad alimentaria, a la que están condenadas tantas familias, interroga sobre por qué unos pueden y otros no pueden comer. Es ahí donde se necesitan políticas públicas que hoy el Estado no garantiza, para transformar esta problemática social y de salud pública. Por el contrario, advierten desde el Isepci, se tiende a reforzarla a través de la asistencia con alimentos baratos y ricos en hidratos de carbono, grasas y azúcares.
La malnutrición es un indicador que alerta sobre enfermedades y debilidades que pueden generarse en esos niños y niñas: desde la imposibilidad de un desarrollo físico y mental saludable, hasta las falta de oportunidades de vida. Mientras tanto, ante una crisis que aprieta más fuerte a los desprotegidos, los pibes lloran de hambre.