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Por: Diego Bartalotta

Entrevista al Cura Párroco Jorge Cloro y al Pastor Iván Carrilo, del Barrio IAPI, Quilmes

 

“Quisiera hacer mención a otro tipo de conflictividad no siempre tan explicitada pero que silenciosamente viene cobrando la muerte de millones de personas. Otra clase de guerra viven muchas de nuestras sociedades con el fenómeno del narcotráfico. Una guerra ‘asumida’ y pobremente combatida”.

Las palabras del papa Francisco lograron el cruce de miradas de varios de los 150 dirigentes mundiales presentes en la sede de la Organización de las Naciones Unidas, celebrada el 25 de septiembre de 2015 en Nueva York.

En Argentina la situación por arriba (dirigencia política de diverso pelaje) no es muy distinta.
El revoleo de acusaciones, como quien juega al quemado en el patio de la escuela primaria, no le mueve un pelo al despliegue narco y la propia dinámica que acarrea: trata de personas, lavado de activos, tráfico de armas y explotación infantil. Abajo el asunto se manya distinto, o por lo menos, la voluntad de muchos religiosos busca soluciones concretas.

En el barrio Santa María, más conocido como IAPI, las diferencias doctrinarias, se disuelven ante las acciones concretas del cura párroco, Jorge “Chicho” Cloro, a cargo de la parroquia Espíritu Santo y sacerdote de la Fraternidad Misionera diócesis de Quilmes,  y el pastor evangelista Iván Carrillo. Ambos iniciaron hace un año una lucha frontal contra el avance del narcotráfico; su estrategia: contener a los pibes con actividades culturales y capacitaciones en oficios.

“Comenzamos a ver un poco más abandonado el barrio, cosas concretas,  la salita ya no tenía insumos, empezaron a escasear los médicos y también dejó de entrar el colectivo, el blanquito, el 524, que va a la estación de Quilmes y Ezpeleta” dice Iván.

Estas fueron las primeras cosas que lo vincularon con Jorge Cloro,  lo segundo e inmediato: frenar  el avance del narcomenudeo.  La táctica  terrenal arrancó con actividades en la calle, en la búsqueda de “ganar la esquina” y llegaron a hacer una misa ecuménica (católica y evangelista), también en la calle. Siempre ahí, porque comprendieron que puertas adentro podrían persuadir a algunos pero que la cruzada principal no admitía localía, tenían que jugar en el terreno que poco a poco el Estado y sus instituciones habían relegado por acción u omisión.  Realizaron 4 marchas en 10 meses con  la consigna “Sí a la vida, no a la droga”.  La primera fue en noviembre de 2016, la última en octubre de 2017. Entre una y otra  comenzaron a surgir amenazas.

Después de la noche de jóvenes en la IAPI… me amenazaron por otros, para que no me meta con “la calle” y que sólo célebre misa. Recién hace una hora quería acompañar a la gente de lágrimas y en la rotonda de pasco me estallaron tres gomas a la vez… el gomero me mostró como una estaba acuchillada… quiero decir lo siguiente… no tengo miedo a morir por el proyecto de Jesús en absoluto… soy humano tengo miedo a sufrir… a no soportar el dolor… a la soledad en momentos vitales de la vida y a muchas cosas más… soy lamentablemente un cura pecador y no estoy a la altura de la santidad que se requiere en estos momentos… pero tengo claro que nada ni nadie me va asustar con ningún tipo de amenazas. Nuestros niños y jóvenes no son “negociables” y si debo morir por ellos seré el hombre más feliz del mundo…. seguiremos con nuestras noches a favor de la vida. Vamos por más!!!!”. Posteó en su muro personal de facebook el 29 de agosto pasado el cura Jorge Cloro. Dos días después hicieron una conferencia de prensa en las que participó el Obispo de Quilmes, Carlos José Tissera; su amigo el pastor evangélico Iván Carrillo y el director de Cáritas Quilmes, Claudio Spícola.

Meses atrás, en enero de 2017, un medio quilmeño publicó que el pastor Iván Carillo,  quien estaba al frente de las marchas contra las droga, había sido detenido por participar de una banda narco. La noticia apareció el primer sábado de enero.  “Jamás estuve detenido. ¿Sabes de dónde salió ese informe? De la comisaría del barrio” asegura Iván.
Casi en simultáneo la agencia de noticias Télam, lanzó un cable. Clarín, Crónica e Infobae lo subieron sus portales. “Un pastor evangélico que realizaba marchas contra las drogas en el barrio IAPI de la localidad bonaerense de Quilmes y un policía de la Unidad de Prevención Local fueron detenidos, acusados de integrar una banda de narcotraficantes informaron fuentes policiales” Ensuciarlo y sacarlo de escena. El primer objetivo estaba logrado.
El fiscal de narcóticos de Quilmes los llamó para tener una charla. Les puso el mapa del barrio y pidió que marquen las cocinas de paco y los puntos de venta narcos. Le contestaron que esa tarea del Estado y no de un grupo de religiosos.  A partir de allí salieron con más fuerza a desmentir todo, pero el daño ya estaba hecho ya que la réplica solo fue levantada por algunos medios de Quilmes y no por medios nacionales.

Semanas después la justicia mandó a detener a dos policías comunales. La acusación era que vendían droga en la iglesia.

 

¿A partir de esto hubo algún cambio de la comunidad hacia ustedes?

Iván: No, por el contrario, hubo mucha gente que nos dio muestras de solidaridad.  Luego nos llamó el intendente de Quilmes (Martiniano Molina).

Al poco tiempo surgió otra noticia, un vecino “caracterizado” del barrio, dijo que junto a Jorge habíamos hecho un pacto de connivencia con los narcos, para que vendieran desde las 23 hs hasta las 5 de la mañana. Inmediatamente pedí el audio al periodista que realizó la supuesta entrevista… jamás lo obtuve. Lo último fue la amenaza a Jorge, cuando le pincharon las gomas del auto, aunque primero amenazaron a un diácono de su Iglesia: “Decile al cura que se dedique a hacer misa, que no se meta con los pibes”.

Las marchas sirvieron para visibilizar el drama, pero sabíamos que había que armar proyectos para contener a los pibes.  Luego de las marchas comenzamos  a realizar “Noche de jóvenes”. 
Lo hicimos en una parroquia; fútbol, ping pong, metegol, vóley y Caritas nos ayuda con la alimentación. En la primera hubo 50 pibes, la segunda 120 y la tercera nos desbordó. Más de 300 y la cuarta también fue grande. Participan pibes de 7, 8 años y sus familias.
Va desde las 10 de la noche hasta las 5 de la mañana, y eso que los domingos tenemos actividades como religiosos…

¿Cuál es el vínculo de esta lucha cotidiana con la espiritualidad?

Iván: La gente se aferra a la fe, más en los tiempos de crisis.  La escasez de cosas hace que la gente nos busque más. La fe y el evangelio traen valores y principios, conductas y testimonios. Este año cumplimos 500 años de nuestra reforma protestante, cuando Lutero sale de la Iglesia Católica, con Jorge no hablamos ni debatimos sobre ello, y cada vez que estamos en una reunión siempre nos piden una bendición y aunque vayamos separados, hablamos en nombre de los dos. Ellos lo llaman rezar, nosotros orar, doctrinalmente hay diferencias, pero lo que nos unió fue el barrio.

 

El dúo dinámico de la IAPI

Las frases retumban en la parroquia Espíritu Santo, ahí donde dice misa su amigo Jorge. La parroquia, situada en la calle 175 bis, entre Formosa y Chaco,  siempre tiene sus puertas abiertas (algo que pudimos constatar) desde que él está a cargo, algo así como un pacto de confianza con los vecinos en un barrio donde abundan las rejas.
Iván ingresa como a su casa y contesta muy pausado pero seguro, hay mucha templanza en lo que dice y coherencia con  lo que  hace. Nació en Concepción, sur de Chile y bastión de resistencia a Pinochet. Tuvo un tío exiliado en Sudáfrica, y un primo en Polonia. Con su familia llegaron desde el otro lado de la cordillera en 1978, su padre era personal civil de la armada y por la represión interna decidió exiliarse. Llegaron a la villa IAPI ese mismo año y se convirtió en pastor hace 15 años, es el quinto del lugar. Su comunidad chica, como él le dice, tiene 250 fieles, su comunidad grande es el barrio. Está en la Iglesia Evangélica desde 1985, con su esposa nacida en la IAPI tiene dos hijos, de 18 y 22 años,  y confiesa “no tener miedo que lo muevan de barrio porque los pastores que han pasado no le encontraron la vuelta”.
Jorge Cloro se incorpora a la charla media hora después. Nos movemos de la parroquia a su casa, repleta de imágenes de la Virgen María y anotaciones de actividades religiosas en una pizarra. Es cura hace dos años, aunque transitó los últimos veintisiete como diácono consagrado en San Juan. Allí se dedicaba principalmente a la discapacidad. Entró al seminario de chico en Devoto, pero dos años antes de ordenarse salió para fundar esta cuestión de laicos en San Juan.  Allí también llevaban la lectura a las villas. “Una señora me dijo que tenía que hacerme cura porque los curas no llevaban la lectura a las villas. Y acá estoy…” dice entre risas.

La IAPI es un barrio de Bernal Oeste, un punto repleto de necesidades fijado en el triple límite con Lanús y Avellaneda. Su nombre lo debe a un pasado próspero o por lo menos que intentaba serlo. Los galpones del viejo instituto algo nos dicen sobre ello. El Instituto Argentino de Promoción del Intercambio era el ente público que centralizaba el comercio exterior y transfería recursos entre los diferentes sectores de la economía, tenía como objetivos mejorar los términos de intercambio con mejores precios para los productos nacionales, básicamente se encargaba de comprar los cereales, carnes y derivados a los productores, para luego exportarlos. Según el censo social realizado hace algunos años por la anterior administración municipal viven cerca de 17500 personas en 4170 hogares. Ya nadie lo denomina barrio obrero, como en la década del ´40, donde se asentaron allí curtiembres, fábricas y frigoríficos. No hay ni fábricas ni obreros formales. Tampoco colectivos, la línea municipal 584 suspendió el servicio que entraba al barrio por cuestiones de seguridad.

“Hay un grupo de curas que hace rato se viene planteando que la iglesia no responde a los problemas existenciales de la gente. Otros, con mayor poder económico,  no ven que la cultura puede tener progresos con contradicciones, mezclados como el trigo y la cizaña, cosas negativas y positivas,  entonces plantean cierta restauración de valores, de familia, y nosotros sabemos que la restauración nunca sirvió en la iglesia” afirma Jorge, mientras ofrece botellas de agua fría recargadas de la canilla.

Nos cuenta que vive de sus amigos, no de la Iglesia, y las colectas apenas llegan a 250 pesos por semana. Sabe que si pusiera una imagen de San Expedito en su parroquia, la afluencia sería mucho mayor.  Es crítico de las iglesias que tienen muchas vírgenes y santos, casi en búsqueda de dinero.

“Cuando hay niveles de pobreza muy altos y no tenés acceso a determinados servicios la religión se te puede transformar en magia, entonces la gente por lo menos hace algo por su salud y va a las misas de sanación, y encima se las llama así”.

 

 

¿Cómo se llevan con las devociones populares en el  barrio?

Jorge: Ya me había pasado en San Juan con la Difunta Correa, los camiones están casi obligados a pasar a verla.  En el barrio con el único que tengo conflictos es con San la Muerte, porque allí no hay un valor detrás, solo gente que le reza para poder matar bien a alguien, o si muere alguien que sea el otro y no él.

Al Gauchito Gil, el mismo episcopado, como tiene una cruz, le hace una oración a la cruz y no a él, va haciendo una lectura de unir lo que quiere la gente a nivel popular, de alguien que les robaba a los ricos para darle a los pobres.  San la Muerte está asociado al delito, al mal. Ahí hay que discernir.

¿Tiene que ver con que la muerte está a la vuelta de la esquina? ¿Cómo se convive con eso?

Jorge: Naturalizar la violencia como se hace en estos barrios, todo el tiempo, como no tener servicios, no contar con colectivos, la no belleza del barrio, porque todo es violencia. Cuando se naturaliza, incorporás cosas como que no tenés conciencia que son malas, tu conciencia no descubre qué es bueno y malo y todo te parece que es normal, y lo único correctivo de nuestro país es la cárcel y no es correctiva, no sirve.

Chicho, como le dicen sus amigos, cuenta que como diácono estuvo en el barrio La Matera, también en Quilmes, y cada mes tenía un responso de un pibe de menos de 20 años.
“Eso te cuestiona mucho, porque la realidad te dice que los pibes se mueren y los matan, entonces te cuestionás la misión de cura ¿es hacer la catequesis? Entonces te preguntás si el evangelio responde a lo que pasa en tu barrio. Desde ahí le das otra respuesta a la muerte.

¿Cuándo hicieron clic con la misión espiritual  y lo que pasaba en el barrio?

Jorge: La bisagra fue un pibe de 14 años degollado.  A partir de allí me metí de lleno a laburar con los pibes en problema con las adicciones.  Hay que asumir la realidad que te toca para evangelizar. Cuando viene una madre de un chico de 9 años que consume o vende, es porque está preocupada por sacarlo y a él podes llevarlo a tener experiencias que no tuvo. El problema es cuando la familia está metida, el pibe en la calle y el matrimonio joven totalmente adicto, y sabés que si llamás a la trabajadora social a ese pibe lo institucionalizan y lo maltratan. El  tejido social está roto. Necesitamos reconstruirlo, sin esto no se salva nadie.

Iván: El quiebre lo hice con la toma del barrio al que todos conocen como Springfield,  fue hace 10 años.  Hoy sigue siendo territorio narco, y en octubre de 2016 mataron a un pibe, Héctor se llamaba.  En este barrio los escombros sirven de barricadas para que la policía no ingrese.  Algo parecido me pasó con el arroyo Las Piedras, es parte de mi historia, de chiquito me parecía atractivo y hasta divertido pero crecí y entendí que no era un beneficio tener ese brazo del arroyo a 30 metros de mi casa. Ratas, residuos, humedad incontrolable, mal olor, contaminación que crece y crece sin parar, vecinos que viven cada vez más “encima” del agua, hasta que hace un año aparecieron cadáveres de jóvenes.

 

Fotografía de Gentileza La Matriz Noticias

 

¿Los curas son un dique de contención al avance del narcotráfico?

Jorge: Pasamos a ser referentes fuertes, entonces nos convocan mucho a nivel político cuando hay intervenciones.  Sabemos que pueden querer manipularnos.

Nosotros lo que hacemos es proponerles a los pibes algo más saludable de lo que tienen. A los pibes acá  los tiran en el arroyo, es un nivel terrible de violencia.  [NdR: Durante 2016 encontraron 6 cadáveres de niños y adolescentes en el arroyo Las Piedras que atraviesa el barrio] Acá a una persona sin laburo, le ofrecen 1500 por día para que venda paco y tiene 5 hijos… Estamos recuperando a los chicos de las esquinas, que no sean víctimas  de la drogadicción, del narco y de la venta.

Me dicen “no se meta padre”, pero no tengo miedo, no lo sentí, a pesar de que me dejaron la biografía de mi sobrino en el banco de la capilla y una tarde reventé 3 gomas del auto juntas, el gomero me dijo que las habían tajeado. El temor es el arma de ellos para paralizar cualquier movimiento de resistencia.

Iván: Nosotros estamos acá a riesgo de nuestras vidas.  No tengo miedo a la muerte sino sería contrario a mi fe.

A Jorge lo amenazaron a fines de agosto de 2017, dos personas en moto interceptaron a un colaborador suyo para dejarle un mensaje intimidatorio. “Gordo, que no se metan con la calle. Decile al cura que solo haga misa”. Después de esto decidió hacer pública la situación subiendo un video a Facebook que rápidamente se viralizó.

La amenaza no fue casual, sucedió días después que realizaran la actividad  “La noche de jóvenes” con mayor concurrencia desde que había empezado.

¿Cuáles son los desafíos de la Iglesia hoy?

Jorge: Lo que hace Francisco es el camino de la Iglesia, volver al evangelio, a la sustancia. Allí se vuelve a la opción real, los pobres y los vulnerables.  La mayoría de los que gobiernan son católicos, debe haber un cambio de paradigma allí.  Nuestro desafío en el barrio, es mantener lo que empezamos, la gente se desesperanza mucho cuando no ve resultados prácticos. “Es la primera vez que mi hijo viene sobrio y puede comer en la mesa” le dijo una madre al pastor Iván, después de una de “Las noches de los jóvenes”.

¿Si revisan la película de los últimos años, quién creció más en el barrio,  la iglesia o el narco?

Iván: Es muy poco lo que hacemos, falta mucho. Quisiéramos hacer mucho más. Cuando ves a un chico de 8 años drogándose te das cuenta que es muy poco. Salvamos uno, dos o tres, pero nos están ganando.

Iván quiebra su voz y se emociona hasta las lágrimas. La realidad otra vez lejos de los relatos oficiales de turno.

 


REFERENCIA

Fotografías: Corina Figún