La Superliga que terminó en mayo fue también el comienzo del fútbol premium, las transmisiones encerradas en un pack de 300 pesos por mes, lo que destinó a los bares, la radio y la búsqueda de links a los hinchas que no pudieron pagar o decidieron no hacerlo. Pero esto puede decirse de otra forma: que la Superliga también marcó el final del Fútbol Para Todos, el programa estatal por el que los partidos se televisaron durante ocho años por canales de aire, una ausencia de un año que sin embargo no redundó en más escuelas y hospitales.
Fue precisamente esa la cantinela que acompañó a la época, la de que esa plata que ponía el Estado podía utilizarse en otros menesteres, aplicarse a otras políticas públicas más prioritarias, la salud y la educación, terminar con el hambre. Pero hasta los sectores opositores por derecha al kirchnerismo prometían su continuidad, tal vez por haber medido la popularidad de esos envíos. Antes de ser elegido presidente en 2015, en plena campaña electoral, Mauricio Macri repetía que el Fútbol Para Todos no se tocaría. En realidad, en sus giras como candidato sostenía que se mantendría pero con cambios: en el discurso macrista, con transmisiones despolitizadas, sin publicidad oficial.
Lo primero que ocurrió, a principios de 2016, fue un pase de manos hacia Telefé y Canal 13. La TV Pública se quedó con los partidos de menor convocatoria. Todavía las transmisiones eran abiertas. Ya no había relatores que anunciaran la llegada de 678, pero sí la de los programas de Susana Giménez y Jorge Lanata, dependiendo la señal. Pero también hubo publicidad oficial, alguna campaña del gobierno. Nadie se la iba a perder. Hasta que el año pasado se convocó por primera vez en cuarenta años a una licitación para la televisación del fútbol argentino. La ganaron Turner y Fox Sports, una alianza armada para la ocasión. ESPN y Mediapro eran las otras empresas participantes. La mejor parte del negocio se la quedaron los cableoperadores, que aunque no habían perdido con el Fútbol Para Todos, porque entre otras cosas tenían sin cargo un contenido por el que cobraban, volvían ahora a ser el tubo necesario y excluyente para ver fútbol.
“Cada 35 millones que destinamos (al Fútbol Para Todos) puedo hacer un jardín de infantes menos”, dijo Macri en una entrevista con Infobae cuando ya era gobierno desde hacía más de un año. Era 2017 y se establecía la puja para quedarse con el fútbol. Aquello de que el Fútbol Para Todos continuaba “sin política” quedaba atrás. Lo último que pagó el Estado fueron 1600 millones de pesos en 2016 –un 0,01% del presupuesto nacional-, más 350 millones por la rescisión del contrato. Ahora llegaba un acuerdo entre la AFA y los nuevos socios que superaba los 3200 millones de pesos. El cálculo para 2017 era que las cuentas oficiales se ahorraban unos 2300 millones entre derechos y producción.
Ya corrió el primer año desde la salida del Estado del fútbol. Pero no parece que haya habido un traslado directo de esos dineros hacia el presupuesto de escuelas y jardines. Sólo hay que ver el ítem “Infraestructura y equipamiento” en el Presupuesto 2018. El gasto inicial previsto era de 9290 millones de pesos. Esa cifra ya se recortó a 8345 millones. Y en los cinco meses que van del año, según datos oficiales, sólo se ejecutó el 12,17%, unos 1018 millones. No hay pases de magia en esas cuestiones.
Ni la promesa de continuidad, ni los jardines de infantes, nada se cumplió. Tampoco se garantiza el acceso de los sectores de ingresos más bajos a las transmisiones de los partidos. ¿Hay un derecho ahí? Gabriel Mariotto, que fue coordinador del programa, fue tajante en una entrevista con Gustavo Veiga: “Fútbol para Todos es un derecho”. El año pasado, el sociólogo inglés David Goldblatt estuvo en la Argentina para investigar sobre el programa . “Fue un fenómeno único de cómo un gobierno en una sociedad democrática puede entrar en el negocio de los derechos de TV y socializarlo hasta hacer que se pueda reclamar que la televisación del fútbol sea un derecho. Se puede escuchar en Argentina que se habla sobre el derecho a la propiedad, el derecho a la salud y el derecho al fútbol. Que este tipo de argumentos pueda ser parte de una discusión es interesante”, dijo.
Aunque, según Goldblatt, el acceso gratuito al fútbol comercial no podía ser un derecho. “Si lo fuese, creo que hay otros derechos básicos necesarios para atacar antes y luego sí podríamos hablar del fútbol. Pero lo que diría es que el modelo neoliberal en el fútbol ha llevado a un exceso de los que tenían los derechos de transmisión, tal como aquí ocurría con Clarín, donde tenías que ver dibujos de los goles porque no liberaban las imágenes”, aclaró.
Se plantea ahí un supuesto dilema. Si hay necesidades básicas insatisfechas, otras necesidades, como las del ocio y el placer, deberá esperar. Pero lo que se ve es que unas no están atadas a las otras. Puede discutirse si el Estado debe financiar las transmisiones de fútbol, si lo hace bien, si lo hace con transparencia –el manejo de esos dineros todavía es investigado por la Justicia-, si lo hace para provecho del partido de gobierno, para limar a la oposición, para tener atado a un grupo de dirigentes, pero no hay traslado de un destino a otro.
“El Estado no se ocupa de todas las cosas sino tal vez de las que están socialmente problematizadas. Ahí el Estado va detrás y realiza sus políticas. Después está quién problematiza y cómo. Muchas veces los sectores más postergados no tienen la capacidad de que las cuestiones que más le preocupan sean las problematizadas. Y hay sectores menos postergados que sí. Un ejemplo básico podría ser el reclamo por el impuesto a las ganancias por parte de asalariados en blanco, que no eran los que peor estaban pero tenían organización, capacidad de movilización, y lograron poner el tema en la agenda. En la cuestión del acceso al fútbol hay que ver en qué medida y en qué sectores se logra problematizar”, explica el politólogo Nicolás Tereschuk.
Con el antecedente de Fútbol para Todos, ¿por qué los sectores populares, además de reclamar sus derechos más básicos no pueden también hacerlo con sus consumos culturales, desde el teatro hasta el fútbol? De alguna manera, fue la misma instalación del programa la que, en los términos de Tereschuk, problematizó la cuestión. Antes de que existiera sólo unos pocos se animaban a dar el debate. Y ocurrió, por ejemplo, con la selección. Hasta que una ley estableció que el Estado debe garantizar la transmisión de los partidos de la Argentina por TV abierta, algo que ni el macrismo pudo incumplir como sí lo hace con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, que mantiene en pie el articulado que determina el acceso a eventos de interés general. El gobierno no la cumple.
Pero una idea se impone desde arriba: los sectores populares, los más postergados, no tienen derecho al deseo. Al menos, no se lo pueden reclamar al Estado. O, desde otra mirada, que mientras no estén resueltas las problemáticas más urgentes esas cuestiones tienen que quedar al margen. “Hay algo del macrismo –explica Tereschuk- que te ordena mucho y es el concepto da las jerarquías, no sólo porque el presidente es un multimillonario o es un gobierno de CEO’s. Hay una forma de pararse del presidente que tiene que ver con lo jerárquico, hay algunos que están arriba y hay otros que no. Como cuando plantea qué es eso de que andemos en camiseta en nuestra casa. Que el de abajo tenga acceso al placer, viendo, por ejemplo, un partido de fútbol rompe con esa idea de la jerarquía, que pague el que se lo merece y el que no, que no lo vea”.
Mientras tanto, no ocurre ni una cosa ni la otra. Ya no hay fútbol para todos, tampoco jardines. Menos, todavía, pobreza cero.