Todavía recuerda, como si fuera ayer, esa tarde de diciembre de 1983 cuando su querida Academia perdía la categoría. Lloró. Lloró mucho. De tristeza y del susto porque la policía, en medio del caos en las tribunas, reprimía a diestra y siniestra.
Todavía recuerda, como si fuera ayer, esa noche de junio de 1988 cuando su querida Academia ganaba la Supercopa en Brasil.
Todavía recuerda, como si fuera ayer, esa tarde de 1999 cuando su querida Academia recibía, acaso, el peor sopapo de su historia: la tristemente célebre síndico Liliana Ripoll anunciaba la quiebra.
Todavía recuerda, como si fuera ayer, esa tarde de diciembre de 2001 cuando su querida Academia empataba con Vélez en el Amalfitani y rompía una sequía de 35 años sin títulos locales.
Todavía recuerda, como si fuera ayer, cuando las bicicletas formaban parte del paisaje de Villa Corina. Hoy, para Monchi, el barrio es otro, cambió su fisonomía: las calles de tierra dejaron su lugar a la prepotencia del asfalto. Las bicis se transformaron en motos que no cesan de hacer ruidos a través de sus caños de escape. Pero él es el mismo. El mismo pibe que se la pasaba todo el día en la calle y soñaba con jugar en Primera. De Racing, por supuesto. Pero no llegó. Como tantísimos otros. Su nexo con Racing, más allá de no cumplir su sueño, siguió ahí, cerca, en los pasillos del Cilindro de Avellaneda. Primero como personal de maestranza hasta que en 1995, tras la salida de Diego Maradona como entrenador, empezó a colaborar en la utilería de Primera para, años después, ser parte del cuerpo de utileros del Tita. Trabajo que combina con su cargo de coordinador del fútbol Pre-infantil de la Academia.
Monchi es Ramón Hugo Medina. Tiene 47 años y desde que tiene uso de razón recuerda (se recuerda) con una pelota. Su vida pasa por el más popular de los deportes del país. Le brota fútbol. Prefiere mirar partidos en Youtube de equipos que marcaron época, como Holanda de 1974 o Brasil de 1982. El fútbol europeo no lo atrapa. Lo deja con sabor a poco. Cree que allá, en el viejo primer mundo, a los jugadores les falta la rebeldía que tiene el argentino ante la adversidad. “No concibo la vida sin el fútbol. Es mi vida”, dice mientras se sienta en una de las mesas de cemento del predio Tita Mattiussi. “Este es mi lugar en el mundo. Acá está gran parte de la identidad de Racing. Acá se construye el futuro. Con los chicos, porque ellos son el futuro”, continúa, al tiempo que convida un mate.
El cantar de los pájaros mezclado con una tenue brisa y el ir y venir de los jugadores de inferiores obligan a prestar más atención. Es que Monchi, como le dicen todos, habla bajito, muy bajito. Sus frases cortas contradicen la estridencia de sus brazos y manos. La mirada, casi siempre, la posa sobre la mesa. Todavía no se siente a gusto. En verdad, no entra en confianza ante su interlocutor de turno. Se define como muy amigo de sus amigos. Dice que le cuesta entablar nuevas relaciones, pero que se siente muy querido y valorado entre los miles de corazones académicos que pasan por el Tita.
La reverencia de los chicos evidencia el respeto que le tienen. Pero también es un símbolo de gratitud. Monchi es quien recibe a los jugadores más chicos: los de las divisiones infantiles. Los conoce al detalle. Muchos llegaron a Primera. Es el caso de Ricardo Centurión, Rodrigo De Paul, Yonathan Cabral, Matías Zaracho y tantos otros que la lista se haría interminable. Monchi es quien los va a buscar a los clubes de baby fútbol. Monchi es quien muchas veces lidia con padres y también con empresarios inescrupulosos que tientan a la suerte en lugares donde las privaciones suelen estar a la orden del día: en los barrios y en clubes del conurbano, allí donde los pibes se sacan rivales de encima con la facilidad de un equilibrista.
-¿Por qué la gente te quiere tanto?
-Habría que preguntárselo a ellos. Creo que es por como soy yo con los chicos principalmente y, después, con los padres a quienes les gusta el trato que le doy a sus hijos, sienten que están protegidos acá. Hablo de chicos de 5 años hasta uno de 18.
-¿Las categorías más chicas son las más difíciles, por los padres?
-Creo que sí. El fútbol enloquece mucho a los padres, a todos. Por ejemplo, algunos reciben plata, no del club sino de un representante para que se “mueva”. Es muy complejo todo.
-¿Qué es lo primero que le decís a un padre cuando llevan un nene al club?
-Primero y principal, cuáles son las condiciones para jugar en Racing, donde buscamos darles no sólo aprendizaje del juego y fundamentos sino un lugar para que crezcan y tengan una contención. Hoy, estar en infantiles es algo que genera mucho trabajo de contención y desarrollo porque muchas veces vienen chicos con muchas carencias familiares donde les cuesta a sus papás traerlos a entrenar, les cuesta comprarles las herramientas como los botines o un abrigo en invierno. Hay muchas situaciones que las vas manejando a medida que aparecen los diferentes mundos en los que vive cada nene.
-¿Con qué te has topado?
-Con chicos que tal vez tienen a alguno de los padres presos, los lugares donde viven con situaciones que no son las adecuadas y el fútbol, en todo esto, actúa como un refugio.
-También te toca el extremo, es el caso de Diego Milito que no pasa privaciones y, sin embargo, no quiere que el apellido influya en el futuro de su hijo como jugador.
-Diego se va a un costado cuando juega el hijo, trata de pasar inadvertido. Lo primero que me dijo cuando lo trajo a Leandro fue que no quería que su hijo tuviera ninguna ventaja. Yo sabía que tarde o temprano lo iba a traer. Es muy lindo porque él, en ese momento, estaba en plena competencia y lo fuimos llevando de a poco al nene para que no sintiera presión.
La vida de Monchi nunca fue sencilla. Pasó privaciones. Tuvo una infancia dura. Sintió en carne propia la mirada ajena con desdén por su procedencia. Para él, Villa Corina es el barrio en el que nació. El barrio en el que se crió. Y el barrio en el que vive. “De donde nací en Villa Corina, ahora estoy alquilando a tres cuadras. No me fui del barrio”, advierte. “Pasa que ahora es otro barrio. Antes era otra cosa. Hoy ves mucha droga, los pibes están en otro canal. En nuestra época estábamos en la esquina jugando, hoy ves a los pibes en la esquina haciendo otras cosas y me da mucha pena”. Por un momento se le transforma la cara. Ahora, mira fijo. La voz se le hace más rocosa. Le sale desde adentro, del corazón. “Es algo que me genera mucho dolor, tristeza. Tranquilamente le podría haber tocado a alguno de mis dos hijos. Es muy difícil. Traje muchos chicos de Corina que luego no siguieron y ahora los veo en un estado que no es el mejor”, detalla. Y añade: “Hoy veo un chico y me doy cuenta si le falta algo o no. Todo lo que viví en mi infancia me ayuda a pensar y no olvidar el pasado. Y en todo esto, el club colabora mucho cuando fichan por Racing. Acá hay chicos de 13 o 14 años que vienen sin haber almorzado. Es muy duro porque no lo dicen por vergüenza. Estar en la utilería hace que ellos se suelten y cuando veo algo así lo derivo al coordinador para que le den algo”.
-¿Te duele la Argentina?
-Me duele y mucho, me duele lo que cambió, me duele el sistema que tiene que hace que la juventud se pierda. Se puede solucionar con otras leyes porque te matan en la calle por nada. Van a la cárcel y están como en el barrio. Es un tema cultural y los políticos tienen miedo.
-¿Te interesa la política?
-No, en las últimas elecciones fui a votar porque era obligatorio. Uno se cansa de que esto no cambie y no veo un gobierno confiable. Son todos lo mismo. Descreo bastante de la política porque todos tienen su lado oscuro y se cubren desde la validación que les da el voto.
-¿Cómo te gustaría que te recuerden?
-Así como soy, un tipo simple y predispuesto a ayudar, que me tengan en su corazón. La gente me hace sentir que soy una buena persona. Me siento un privilegiado, siento orgullo de donde nací porque me discriminaron al catalogarme como villero. Varias veces sentí esa mirada fea que te marcaban como “ese que viene de Villa Corina”. Hoy en los countries hay narcotraficantes. Es que todo depende desde dónde uno lo mire.