El día que los mexicanos jugaron con los alemanes, había más mexicanos. El día que los portugueses jugaron con los marroquíes, había más marroquíes. Cuando los argentinos jugaron con los franceses, había más argentinos. Los peruanos estaban en todos lados, en Moscú, en Saransk, en Sochi. Tenían que ver a los senegaleses, el colorido, la fiesta, la alegría. El fin de la primera fase del Mundial también es una estámpida de hinchas. Con la segunda fase empieza otro Mundial, y a la vez se despide el primero, el que los tenía a todos, el que hacía desbordar los alrededores de la Plaza Roja, cerrada los primeros días. Se terminó, algunas de las selecciones africanas y sudamericanas se fueron de Rusia. Empezó el éxodo, pero el Mundial de Europa fue, en realidad, el Mundial del Tercer Mundo.
Quizá el instante más extraordinario, el que lo resuma, haya sido el partido entre Croacia y Dinamarca por los octavos de final, en Nizhni Novgorod, en el estadio que está justo en la punta donde confluyen el río Volga y Oká, donde mientras las selecciones europeas intentaban destrabar el partido se comenzó a cantar por otra selección, por la Argentina. Ya no sonaba la reversión de Cara de Gitana, la canción de los setenta que sirvió de hit para la hinchada celeste y blanca, pero sonó el olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olá, oh, Argentina, es un sentimiento, no puedo parar. ¿Qué hacían ahí? Eran los que no habían cambiado sus entradas, los que habían apostado por el primer puesto en la zona de grupos. Ahí estaban, tapando a croatas y daneses.
En Kazán, la ciudad que fue la puerta de salida de Rusia para la Argentina, la diferencia entre quienes habían ido a ver a Lionel Messi y quienes terminaron celebrando gracias a Kylian Mbappé fue casi de 90 a 10 en porcentajes. Los franceses eran una minoría. La llegada a Kazán de los argentinos pareció eterna, en combis, en aviones low cost, en micros que se alquilaron de apuro, en trenes gratuitos puestos por el gobierno, incluso sin camarotes, durmiendo en los asientos del restaurante. No se trataba de una muestra de argentinidad, lo que también era posible. Porque aunque sin esa desmesura, los marroquíes superaron a los portugueses en el Luzhniki cuando jugaron por la primera ronda. Y el Cielito Lindo se cantó por las calles de Moscú a toda hora, en todo momento. Lenin hasta debió hartarse. Lo escuchó a las afueras del mausoleo, su cuerpo momificado, pero también en la entrada del principal estadio de Moscú, donde su estatua se levanta rodeada de los patrocinadores FIFA. Los mexicanos pasaban en grupos cantando, felices, todavía adentro del Mundial, todavía sin haberse encontrado con Brasil.
La felicidad también era peruana, la de la hinchada que volvía a un Mundial después de 36 años. No importaron los miles de kilómetros de distancia. Entre los diez países que más entradas oficiales le compraron a la FIFA, cinco fueron de América Latina: Brasil, Colombia, México, Argentina y Perú, en ese orden. Sin embargo, después de Rusia, el país que más tickets se llevó fue Estados Unidos, y eso lo explica no tanto la afición de los estadounidenses por el fútbol, sino su inmensa comunidad latina. En el medio de todo eso está Alemania. Está Australia, está China. Recién atrás de todo llega Inglaterra.
Con los hinchas europeos funcionaron todos los frenos de mano que les impusieron sus gobiernos. Las advertencias de que viajar a Rusia sería un peligro. Uno de los que arrancó fue el Departamento de Estados Unidos, cuando advirtió que quienes tenían pensado ir a Rusia deberían “reconsiderar el viaje”. Alertó sobre la posibilidad de ataques terroristas durante el Mundial, pero también sobre que las fuerzas policiales rusas podían ensañarse con los ciudadanos de ese país. A eso se sumó el gobierno francés. “Rusia no es inmune a la amenaza terrorista y recientemente ha sufrido varios ataques o intentos de ataques terroristas”, advirtió el Ministerio de Asuntos Exteriores francés en un comunicado hacia sus ciudadanos. “Los hooligans rusos -agregó- entrenan en gimnasios y entrenan a los comandos que se enfrentan durante las peleas preestablecidas en el bosque para evitar la represión policial. Es probable que grupos muy peligrosos actúen violentamente durante algunos partidos de los clubes del campeonato ruso, especialmente contra extranjeros y personas LGBT”.
Inglaterra organizó un intento de boicot sobre el Mundial después la muerte por envenamiento del doble agente ruso. Funcionarios y realeza anunciaron que no viajarían al Mundial. Se sumó Islandia. No mucho más. Pero todas esas advertencias, esos cruces diplomáticos, hicieron mella en sus hinchas. Sólo algo así explica que Europa tenga tan poca presencia en este Mundial. Los prejuicios sobre Rusia y los rusos, desperdigados en todos los continentes, se mantuvieron con mayor firmeza entre los vecinos del país que aloja al Mundial que entre los ciudadanos sudamericanos y africanos. Se lo perdieron.
Lejos de la frialdad con la que se dibuja a los rusos, los que viajaron al Mundial se encontraron con otra cosa, con una amabilidad que nadie les había advertido. Es cierto que se desplegó un dispositivo de calidez, el que muestran los voluntarios, pero también se ve en la calle, en el Metro, en los que intentan ayudar cuando ven a un extranjero perdido. Los que esperan que en el celular se abra el Google Translate, la aplicación que más ayuda a combatir la distancia del idioma. Funciona así: unos hablan en ruso, el celular traduce, el otro contesta en su idioma, el celular traduce. La conversación fluye con el sonido del teléfono como medio.
Hace unos días, en el cementerio de Nomodévichi, el más famoso de Moscú, donde entre muchos están los escritores Nikolái Gógol y Antón Chejov, el maestro de actores Konstantín Stanislavski, los ex presidentes Nikita Jrushov y Boris Yeltsin, el cineasta Sergei Eisenstein y el cosmonauta Guerman Titov, un hombre de unos cincuenta años, Vítali, se acercó para preguntar si se necesitaba ayuda mientras veía cómo un grupo de argentinos buscaba en el mapa la ubicación de las tumbas, un turismo necrológico, pero también cultural. Vítali se ofreció para el recorrido. Esperó las traducciones de Google cuando hicieron falta, le habló al teléfono cuando quiso dar detalles más extensos, acompañó toda la caminata por el cementerio, mostró tumbas y contó historias. Lo hizo con ganas, con entusiasmo. Y también con orgullo. Era una muestra de lo ruso. Del Mundial que no ven los europeos, el que disfrutaron africanos y latinoamericanos, más allá de lo que ocurrió con sus selecciones. Rusia 2018 no fue -no es- sólo fútbol.