En las horas previas a una de las noches más frías del año, los vecinos y las vecinas del barrio de Piñeyro en Avellaneda se juntaron al calor del fuego para compartir y festejar un sincretismo de celebraciones populares de variados orígenes e historias.
La Fogata de San Juan volvió a arder la pasada noche del 23 de junio, organizada por la Asamblea de vecinos y vecinas, junto a la Cooperativa Cimarrón, el periódico La voz de Piñeiro, y la murga Criaturas del Riachuelo. “La idea de la fiesta es poder celebrar con identidad y con memoria nuestras raíces en estas fiestas populares. Ahora nosotros la resignificamos a nuestro presente y lo que queremos es agradecer y pedirle perdón a nuestra madre tierra por todo lo que hacemos, y a la vez también intencionar de una manera más política y decir: vamos a prender fuego el tarifazo, al FMI y al patriarcado”, explica Juan Martín Goicoechea, uno de los vecinos organizadores.
La jornada arrancó en la plaza Ugarte (Av. Rivadavia al 200) donde se montó una kermesse para que lxs niñxs jueguen, mientras lxs integrantes de la murga se pintaban y vestían para la caravana hasta el Paseo de las Luchas y Memorias Populares, a unas pocas cuadras de la estación de tren Darío y Maxi. Allí los esperaba una enorme montaña de ramas y troncos, que eran custodiadas desde la cumbre por un buitre de cartapesta.
“La idea de la fogata es no quedarte en tu casa sino salir y encontrarte con el vecino que está todos los días en el mismo barrio que vos. Son cuestiones que son viejas pero se resignifican. Sacar, quemar lo viejo y que renazca lo nuevo”, manifiesta Mercedes, una de las vecinas que se acercó a participar.
La festividad fue recuperada con el proyecto “Barrio Escuela” en el 2011, con chicos y chicas que a contra turno escolar elaboraron un calendario pedagógico con las tradiciones populares. “Muchos pibxs eran de la comunidad boliviana y algunos venían del interior, todos tenían de alguna manera algún retazo de relato que tenia que ver con esta fiesta. Los inmigrantes europeos trajeron la fogata de San Juan, festejaban el solsticio de verano y se prendía un gran fuego para agradecer la abundancia de las cosechas. Es una fiesta cristiana pero en realidad antes fue pagana. Y desde otra perspectiva nosotros vimos que eso coincidía con lo que es el solsticio de invierno del Inti Raymi, y decidimos fusionar esas dos fiestas”, señala Juan Martín.
Marcelo es vecino del barrio e integrante de la murga Criaturas del Riachuelo -que ya hace 7 años llena de alegría y carnaval al barrio- y cuenta que “en la fogata se muestra la colonización y la resistencia originaria puesta en valor, en la gente. Porque esto nos toca a los que somos del barrio más de cerca y hay una nomenclatura de diversidad, donde recuperamos algunas cosas del festejo de Paraguay, donde se quema un fantoche simbolizando todo lo malo para la sociedad, y también vamos a tirar unas papas y batatas a las brasas, simbolizando lo que es la tierra, para considerarla como una entidad más de lo que nos constituye a nosotros”.
En esta oportunidad el fantoche de las miserias fue un buitre del FMI representando el hambre, la miseria y la explotación de la tierra, que fue desintegrándose al fuego de las danzas y cantos populares. “La cultura popular es lo que nos mantiene vivos, porque sin una identidad colectiva que nos sostenga, que nos proyecte, que nos sirva para cuestionarnos y avanzar, estamos perdidos. Estamos en momentos muy difíciles, donde el avance del individualismo y el neoliberalismo como proyecto cultural está en la gente muy calado y hondo, y por eso salir a la calle y rescatar nuestras raíces es lo que nos va a salvar”, pregona Juan Martín.
Andrea es una vecina que trajo en un papel todo lo malo que quería tirar al fuego y para pedir que venga más trabajo, salud y unidad. Opina que “cuando los barrios están muy golpeados estas cosas se necesitan, sino la tristeza no te sale más de adentro y yo no quiero la tristeza ni para mí ni para mis hijos. Lo hacemos a veces sin saber bien el significado, pero el hecho es que nos juntemos, que nos conozcamos, que sepamos lo que nos pasa, y que nos respetemos. En los barrios nos tenemos que conocer”.
La Fogata de San Juan en Piñeyro genera un espacio de lucha a través de la calidez de la música, el canto y el baile, contra el miedo que lleva a muchos a encerrarse en los hogares, perdiendo los espacios públicos comunes, generando desapego, desconfianza e intimidación ante la presencia de un otro desconocido. Por eso es una festividad que opera como acto político, como una verdadera participación ciudadana. “En estos momentos difíciles es cuando uno más se junta, sirve para amortiguar un poco el golpe. Cuando pasan las crisis estas cosas le llegan a las personas que habitualmente no se involucran”, afirma Juan, que vive en Piñeyro hace 3 años.
Jorge, vecino de Gerli que se sumó a la fogata con su familia por primera vez el año pasado, cuenta que le trae recuerdos de su niñez, y que ahora también el encuentro cobra un “significado político, de resistencia, de rebelión a lo que está pasando”.
La festividad traslució la vida urbana de un barrio que emerge con arte en la diversidad de orígenes y tradiciones, en la búsqueda de ir cimentando otras relaciones humanas, y un mejor porvenir colectivo, cargando con las raíces comunes que encuentran su fusión genuina sobretodo en la juventud.
Sofía participa de la murga del barrio y cuenta que “la fogata es por la memoria, para mantener lo que es nuestro, algo que viene hace banda, que nos sigue ayudando y enseñando, y es bueno también transmitirle eso a lxs chicxs y a más vecinxs”. Marcelo, que le gusta definirse como un militante social y cultural, recupera a las conductas humanas como importantes para socializar, para promover el respeto y la consideración, para “entender al otro desde su lugar y enriquecerse y apropiarse de eso, compartir la diferencia. La gente se moviliza con algo que les toca en el sentir, hay algunos ritos y tradiciones que todavía tenemos que recuperar como la cotidianeidad del saludo, el reconocimiento al otro”.
Pasada la madruga, los puestos de la feria de la economía popular se disponen a levantar, mientras en la calle sigue la fiesta. El frío obliga a la ronda alrededor del fuego y los cuerpos se entremezclan al ritmo de los tambores, los sicuris, la murga y el folklore. Algunos empiezan a buscar las papas cocidas en las brasas, otros a recargar el vino, otros siguen con las conversaciones y cada vez se hace más íntimo este encuentro de calor popular de un barrio que ya definió por no rendirse.
Fotos: Juliana Szerdi